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26 de septiembre de 2008   
 
··· OPINIÓN
El salvataje financiero: la cleptocracia de EE.UU.
La mayor transformación del sistema financiero de EE.UU. desde la Gran Depresión

Nadie esperaba que el capitalismo industrial terminaría de esta manera. Nadie siquiera llegó a ver que se estaba desarrollando en esta dirección. Me temo que este defecto no sea algo excepcional entre futuristas. La tendencia natural es pensar en cómo pueden crecer y desarrollarse mejor las economías, no cómo sacarlas de una crisis. Pero siempre parece aparecer un camino imprevisto y la sociedad se va por la tangente.

¡Vaya dos semanas!

El martes 7 de septiembre, el Tesoro de EE.UU. tomó la responsabilidad por la exposición hipotecaria de 5,3 billones [5.300.000.000.000] de dólares de Fannie Mae y Freddie Mac, cuyos jefes ya habían sido destituidos por fraude contable.

El lunes 15 de septiembre, quebró Lehman Brothers, cuando posibles compradores de Wall Street no lograron detectar un sentido de realidad en sus libros de finanzas. El miércoles la Reserva Federal aceptó compensar por lo menos 85.000 millones de supuestas ganancias “aseguradas” debidas a tahúres financieros que apuestan a negocios manejados por computadoras en hipotecas basura y cobertura de contraparte comprada a AIG (American International Group, cuyo jefe Maurice Greenberg ya había sido destituido hace algunos años por fraude contable).

Pero el viernes, 19 de septiembre, será el día recordado como un momento crucial en la historia de EE.UU. La Casa Blanca comprometió por lo menos medio billón [500.000.000.000] de dólares más para volver a inflar los precios de bienes raíces en un intento por apoyar el valor de mercado de las hipotecas chatarra – hipotecas otorgadas mucho más allá de la capacidad de los deudores de pagarlas y muy por encima del valor normal de mercado del colateral ofrecido.

Esos miles de millones de dólares fueron dedicados a mantener vivo un sueño – las ficciones contables registradas por compañías que habían entrado a un mundo irreal basado en contabilidad falsa que casi todos en el sector financiero sabían que era fraudulenta. Pero hicieron el juego comprando y vendiendo paquetes de hipotecas chatarra porque era donde estaba el dinero. Como lo describió Charles Prince de Citibank: “Cuando tocan música, hay que levantarse y bailar”. Incluso después del colapso de los mercados, los gerentes de fondos que se mantuvieron limpios fueron culpados de no participar en el juego mientras tenía lugar. Tengo amigos en Wall Street que fueron culpados por no lograr los mismos beneficios que lograban sus homólogos. Y los mayores ingresos se lograban negociando en el mayor activo financiero de la economía – la deuda hipotecaria. Las hipotecas combinadas, poseídas o garantizadas sólo por Fannie y Freddie superaban toda la deuda nacional de EE.UU. – ¡los déficit acumulados del gobierno de EE.UU. desde que la nación ganó la Guerra de la Independencia!

Esto da una idea de la dimensión del plan de salvataje – ¡y cuales son las prioridades del gobierno (o por lo menos de los republicanos)! En lugar de despertar a la economía a la realidad, el gobierno ha arrojado todos recursos para promover el sueño irreal de que las deudas pueden ser pagadas, si no por los propios deudores, entonces por el gobierno, “los contribuyentes” como dice el eufemismo.

De un día al otro, el Tesoro y la Reserva Federal de EE.UU. han cambiado radicalmente el carácter del capitalismo estadounidense. No es nada menos que un golpe de Estado para la clase que Roosevelt llamó “los bánksters.” Lo que ha sucedido en las últimas dos semanas amenaza con cambiar el siglo que comienza – irreversiblemente, si se salen con la suya. Es la transferencia más grande y menos equitativa de riqueza desde los regalos de tierras a los barones de los ferrocarriles durante la era de la Guerra Civil.

Aunque sea así, hay pocas señales de que lo sucedido pueda tan sólo terminar con el parloteo de libre mercado por parte de conocedores de las finanzas que han logrado evitar la supervisión pública nombrando a no-reguladores a las principales agencias reguladoras – creando así el lío que ahora, según el Secretario del Tesoro, Henry Paulson, amenaza los depósitos en los bancos y los puestos de trabajo de todos los estadounidenses. Habla, por supuesto, simplemente de los mayores donantes republicanos a la campaña electoral (y, para ser justo, también de los mayores donantes a los candidatos demócratas en los principales comités financieros).

Una clase cleptocrática se ha apoderado de la economía para reemplazar el capitalismo industrial. El término “bánksters” de Franklin Roosevelt lo dice todo en una palabra. La economía ha sido capturada – por un poder extraño, pero no por los sospechosos habituales. No por el socialismo, ni los trabajadores o el “gran gobierno”, ni por los monopolistas industriales o siquiera por las grandes familias bancarias. Ciertamente no por masones o Iluminados. (Sería maravilloso si hubiera algún grupo que operara con el apoyo de siglos de sabiduría, así alguien tendría por lo menos un plan.) En su lugar, los bánksters han cerrado un pacto con un poder extraño – no con comunistas, rusos, asiáticos o árabes. No son en nada humanos. El marco del grupo es un nuevo tipo de máquina. Podrá sonar como las películas de Terminator, pero las máquinas computarizadas se han ciertamente apoderado del mundo – por lo menos del mundo de la Casa Blanca.

Y así lo hicieron: AIG escribió pólizas para seguros de todo tipo que necesitan la gente y los negocios: seguros de casas y propiedades, seguros de ganado, incluso leasing de aviones. Esos negocios altamente rentables no fueron el problema. (Por lo tanto probablemente no serán vendidos para pagar por las aventuras irresponsables de la compañía.) La caída de AIG provino de los 450.000 millones – casi medio billón – de dólares que le faltaban como resultado de la garantía de seguro de contraparte de fondos de inversión libre. En otras palabras, si dos partes jugaron al juego de suma cero [en el que la ganancia o pérdida de un participante se equilibra con exactitud con las pérdidas o ganancias de los otros] para ver si el dólar subiría o caería contra la libra esterlina o el euro, o si aseguraron una cartera hipotecaria de hipotecas chatarra para asegurar que serían pagadas, pagarían una minúscula comisión a AIG por una póliza prometiendo pagar si, digamos, el mercado hipotecario de 11 billones de dólares de EE.UU. “sufriera traspiés” o si perdedores que colocan billones de dólares en apuestas en derivados en divisas extranjeras, derivados en acciones o bonos, se vieran en la posición en la que se encuentran tantos clientes de Las Vegas, y fueran incapaces de tener el dinero necesario para cubrir sus pérdidas.

AIG cobró miles de millones de dólares por pólizas semejantes. Y gracias a que las compañías de seguros son un paraíso a la Milton Friedman – no reguladas por la Reserva Federal o por cualquier otra agencia a escala nacional, y que por lo tanto pueden gozar de la proverbial “comida gratuita” sin supervisión gubernamental – se escribieron pólizas semejantes usando documentos impresos por computadora, y la compañía cobraba masivos honorarios y comisiones sin invertir mucho capital propio. Es lo que se llama “auto-regulación.” Es como se supone que trabaje la Mano Invisible.

Resultó, inevitablemente, que algunas de las instituciones financieras que hicieron juegos por miles de millones de dólares – usualmente en la forma de juegos de mil millones en unos pocos minutos o algo así, para ser preciso – no pudieron pagar. Esos juegos ocurren todos en microsegundos, pulsando un teclado casi sin interferencia humana. En ese sentido, no es muy diferente de si se hicieran cargo protagonistas de "La invasión de los ladrones de cuerpos". Pero en este caso son como máquinas robóticas, de ahí la analogía que hice antes con los Terminator.

Su repentino ascenso a la dominación es tan imprevisto como una invasión marciana. La analogía más cercana es la invasión de los Harvard Boys y USAID de Rusia y de otras economías post-soviéticas después de la disolución de la Unión Soviética, presionando por regalos de libre mercado para crear cleptocracias nacionales. Debiera haber sido una señal preocupante para los estadounidenses el que esos cleptócratas se hayan convertido en las Fortunas Fundadoras de sus respectivos países. Deberíamos tener presente la observación de Aristóteles de que la democracia es la etapa política que precede directamente a la oligarquía.

Las maquinarias financieras que colocaron los contratos que llevaron a la bancarrota a AIG fueron programadas por gerentes financieros para que actuaran a la velocidad de la luz en la conducción de negocios electrónicos que a menudo duraban sólo unos pocos segundos cada uno, millones de veces al día. Sólo una máquina podía calcular probabilidades matemáticas teniendo en cuenta los culebreos hacia arriba y abajo de las tasas de interés, tipos de cambio y precios de acciones y bonos – y los precios de paquetes de hipotecas. Y estos últimos paquetes tomaron cada vez más la forma de hipotecas chatarra, que pretendían ser deudas pagables, pero en realidad no eran más que artificios vacíos.

Las máquinas empleadas por los fondos de inversión libre en particular han dado un nuevo significado al capitalismo de casino. Fue aplicado durante mucho tiempo a especuladores que jugaban en el mercado bursátil. Significaba hacer apuestas cruzadas, perder algunas y ganar otras – y lograr que el gobierno rescatara a los que no pagaban. El giro imprevisto en el alboroto de las dos últimas semanas es que los ganadores no pueden cobrar sus apuestas a menos que el gobierno pague las deudas que los perdedores no pueden cubrir con su propio dinero.

Se podría pensar que esto requiera un cierto grado de control sobre el gobierno. La actividad probablemente jamás debiera haber sido autorizada. De hecho, nunca fue autorizada, y por ello no fue regulada. Pero parece haber un buen motivo: los inversores en fondos de inversión libre tuvieron que firmar un papel diciendo que eran suficientemente ricos para poderse permitir la pérdida de su dinero en ese juego financiero. No se permitía que participaran inversionistas familiares corrientes. A pesar de las elevadas recompensas que generaban millones de minúsculos negocios, eran considerados demasiado arriesgados para que probaran su suerte los no iniciados carentes de fondos fiduciarios.

Un fondo de inversión libre no gana dinero produciendo bienes y servicios. No adelanta fondos para comprar activos reales o incluso prestar dinero. Toma prestadas inmensas sumas para apalancar su apuesta con un crédito casi gratuito. Sus gerentes no son ingenieros industriales sino matemáticos que programan computadoras para hacer apuestas cruzadas o arbitrajes sobre la forma en la que se puedan mover los tipos de interés, las tasas de cambio, los precios de acciones o bonos – o los precios para los paquetes de hipotecas bancarias.

Los paquetes de préstamos pueden ser sólidos o pueden ser chatarra. No importa. Todo lo que importa es ganar dinero en un mercado en el que la mayor parte de los negocios sólo duran unos pocos segundos. Lo que crea las ganancias es la fibrilación de los precios – la volatilidad.

Este tipo de transacción puede hacer fortunas, pero no es “creación de riqueza” en la forma reconocida por la mayoría de la gente. Antes de la ecuación Black-Scholes

para calcular el valor de una apuesta a todos los caballos, ese tipo de opción de compra o venta era demasiado costosa para producir mucha ganancia para nadie excepto para las agencias de bolsa. Pero la combinación de computadoras poderosas y la “innovación” de crédito casi gratuito y de libre acceso a las mesas de juego financiero han posibilitado frenéticas maniobras de una parte a otra.

¿Por qué entonces ha considerado el Tesoro que era necesario meterse en nada en este cuadro? ¿Por qué debieran ser rescatados esos jugadores, si tenían lo suficiente para perder sin tener que acogerse a la tutela pública para conseguir prestaciones sociales? El comercio en los fondos de inversión libre estaba limitado a los muy acaudalados, a los bancos de inversión y a otros inversionistas institucionales. Pero se convirtió en una de las maneras más fáciles de ganar dinero, prestando fondos con intereses para que la gente pagara sus negocios cruzados conducidos por computadoras. Y casi tan rápido como se ganaba, ese ingreso era pagado en comisiones, salarios, y bonificaciones anuales reminiscentes de la Era Dorada de EE.UU. en los años anteriores a la Primera Guerra Mundial – años antes de que se introdujera el impuesto sobre los ingresos en 1913. Lo notable respecto a todo este dinero era que sus beneficiarios ni siquiera tenían que pagar un impuesto normal sobre los ingresos resultantes. El gobierno les permitió llamarlo “plusvalía,” lo que significaba que el dinero sólo era gravado con una fracción de la tasa con la que se gravaban los ingresos.

La ficción, por supuesto, es que todo ese comercio frenético crea verdadero “capital.” Ciertamente no lo hace en el concepto clásico de capital del Siglo XIX. El término ha sido desacoplado de la producción de bienes y servicios, de la contrata de mano de obra o del financiamiento de la innovación. Es tanto “capital” como el derecho de dirigir una lotería y de cobrar las ganancias sobre las esperanzas de los perdedores. Pero por otro lado, los casinos de Las Vegas y los operados en barcos se han convertido en una importante “industria de crecimiento,” enturbiando el propio lenguaje de capital, crecimiento y riqueza.

Para que se puedan cerrar las mesas de juego y se pague el dinero, hay que rescatar a los perdedores – Fannie Mae, Freddie Mac, A.I.G. y ¿quién sabe lo que vendrá? Es la única manera de solucionar el problema de cómo compañías, que ya han pagado su renta a sus gerentes y accionistas en lugar de colocarla en reservas, van a cobrar sus ganancias a deudores insolventes y compañías de seguro. Esos perdedores también han pagado su renta a sus gerentes financieros y personas de confianza (junto con las usuales contribuciones patrióticas a los candidatos políticos en los comités cruciales a cargo de decidir la estructuración financiera de la nación).

Todo eso tiene que ser orquestado con mucha anticipación. Es necesario comprar políticos y darles una tapadera plausible (o por lo menos un conjunto bien tramado de eufemismos a prueba de sondeos) para explicar a los votantes el motivo preciso por el cual sería de interés público que se realizara el salvataje de los jugadores. Se requiere buena retórica para explicar por qué el gobierno tuvo que permitir que entraran a un casino y que conservaran sus beneficios mientras se utilizan fondos públicos para compensar las pérdidas de sus contrapartes.

Lo que sucedió el 18 y el 19 de septiembre necesitó años de preparación, coronada por una falsa ideología amañada por think-tanks de relaciones públicas para que fuera transmitida bajo condiciones de emergencia para llevar al pánico al Congreso – y a los votantes – justo antes de la elección presidencial. Parece haber sido nuestra sorpresa electoral de septiembre. Bajo condiciones de crisis escenificadas, el presidente Bush y el secretario del Tesoro Paulson llaman ahora al país a unirse en una Guerra contra Propietarios de Casas Incumplidores. Se dice que es la única esperanza de “salvar el sistema.” (¿De qué sistema se trata? No del capitalismo industrial, ni siquiera de la banca tal como la conocemos.) La mayor transformación del sistema financiero de EE.UU. desde la Gran Depresión ha sido comprimida en sólo dos semanas, comenzando con la duplicación de la deuda nacional de EE.UU. el 7 de septiembre con la nacionalización de Fannie Mae y Freddie Mac. (El corrector ortográfico de mi computadora no me permite utilizar el eufemismo “conservatura” que Mr. Paulson aplicó al salvataje de los estafadores de Fannie Mae y Freddie Mac.)

La teoría económica solía explicar que ganancias e intereses fueron un beneficio resultante de un riesgo calculado. Pero actualmente, el nombre del juego es plusvalía y el juego computarizado sobre la dirección en la que van los tipos de interés, las divisas extranjeras y los precios de las acciones – y cuando se hacen malas apuestas, los salvatajes constituyen el beneficio económico resultante de contribuciones a las campañas electorales. Pero no se supone que éste sea el momento adecuado para hablar de cosas semejantes. “Tenemos que actuar ahora para proteger la salud económica de nuestra nación contra un grave riesgo”, entonó el presidente Bush el 19 de septiembre. Lo que quería decir era que la Casa Blanca tenía que sanar al mayor grupo de contribuyentes a la campaña del Partido Republicano – es decir Wall Street – rescatando sus malas jugadas.

“Habrá amplia oportunidad de discutir los orígenes de este problema. Ahora es hora de resolverlo”. En otras palabras, no lo convirtáis en un tema para la elección. “En la historia de nuestra nación ha habido momentos que requieren que nos juntemos más allá de las líneas de partidos para encarar importantes desafíos. Este es uno de esos momentos.” ¡Justo antes de la elección presidencial! Las mismas necedades se oyeron antes, el viernes por la mañana, provenientes del secretario Paulson: “Nuestra salud económica exige que trabajemos juntos por una rápida acción bipartidaria”. Los locutores dijeron que hablaron de quinientos millones de millones de dólares para las maniobras de ese día.

Gran parte de la culpa recae sobre el gobierno de Clinton por haber encabezado el llamado para revocar Glass-Steagall en 1999, permitiendo que los bancos se fusionaran con casinos. O más bien, los casinos han absorbido a los bancos. Es lo que ha hecho peligrar los ahorros de los estadounidenses.

¿Pero significa realmente esto que la única solución sea volver a inflar el mercado de bienes raíces? ¡El plan Paulson-Bernanke es posibilitar que los bancos vendan las casas de cinco millones de deudores de hipotecas enfrentados a la cesación de pagos o a la ejecución hipotecaria durante este año! Los propietarios de casas con “hipotecas reventadas de tasa de interés ajustable” perderán sus casas, pero la Reserva Federal bombeará suficiente crédito a las agencias de préstamos hipotecarios para posibilitar que nuevos compradores se endeuden suficientemente para que las hipotecas chatarra salgan de las manos de los jugadores que hoy las poseen. Es hora de otra burbuja financiera y de bienes raíces para rescatar a los prestamistas de hipotecas chatarra y a los empaquetadores de carteras hipotecarias.

EE.UU. ha entrado en una nueva guerra – una Guerra para Salvar a Negociantes de Derivados Computarizados. Como la guerra de Iraq, se basa en gran parte en ficciones y se inicia bajo condiciones que parecen de emergencia – en las cuales la solución tiene poco que ver con la causa subyacente de los problemas. Por motivos de seguridad financiera el gobierno es el que tiene que arreglar los problemas de los Derivados de Deuda Colateralizada empaquetados (CDOs) que Warren Buffett ha llamado “armas de destrucción financiera masiva.”

Apenas sorprende que este regalo de dinero público sea manejado por el mismo grupo que advirtió al país tan píamente sobre las armas de destrucción masiva en Iraq. El presidente Bush y el Secretario del Tesoro Paul han anunciado píamente que no es hora para desacuerdos partidarios por este giro en la política pública para favorecer a los acreedores en lugar de los deudores. No es hora de convertir este mayor salvataje de la historia electoral en un tema electoral. No es un momento adecuado para discutir si es bueno volver a inflar los precios de la vivienda a un nivel que continúe obligando a los compradores de casas nuevas a endeudarse tanto que tengan que dedicar aproximadamente un 40% de su paga disponible para su vivienda.

¿Se acuerdan de cuando el presidente Bush y Alan Greenspan informaron al pueblo estadounidense que no quedaba dinero para pagar por la Seguridad Social (para no hablar de Medicare) porque en alguna fecha futura (¿una década? ¿20 años? ¿40 años?) el sistema podría llevar a un déficit de lo que ahora parece un trivial billón de dólares repartidos sobre muchos, muchos años. La moral fue que si no podemos encontrar una manera de pagar, más vale enterrar ahora mismo el programa.

Mr. Bush y Greenspan, claro está, tenían una solución útil. El Tesoro entregaría el dinero del seguro médico y de la Seguridad Social a Bear Stearns, Lehman Brothers y sus compinches para que lo invirtieran en la “magia del interés compuesto”.

¿Qué hubiera pasado a la Seguridad Social de EE.UU. si esto se hubiese hecho? Tal vez deberíamos ver los eventos de las últimas dos semanas como la asignación a los tahúres de Wall Street de todo el dinero que ha sido ahorrado desde que la Comisión Greenspan pasó la sobrecarga de impuesto a la retención de los salarios según la Ley de la Contribución Federal al Seguro Social (FICA). No están rescatando a los jubilados, sino a inversionistas de Wall Street que firmaron papeles en los que decían que podían permitirse la pérdida de su dinero. La consigna republicana para noviembre próximo debiera ser “Seguro de juego, no seguro de salud”.

No es lo que se proponía en el tan cacareado “Camino de servidumbre”. Frederick Hayek y sus Chicago Boys insistían en que la servidumbre resultaría de la planificación y de la regulación gubernamental. Ese punto de vista puso cabeza abajo a los clásicos reformadores de la Era Progresista que veían al gobierno como cerebro de la sociedad, su mecanismo conductor para conformar mercados – y liberarlos del ingreso sin jugar un papel necesario en la producción.

La teoría de la democracia se basaba en la suposición de que los votantes actuarían en función de su propio interés. Los reformadores de mercado hicieron una suposición alegre semejante de que los consumidores, los ahorristas y los inversionistas impulsarían el crecimiento económico actuando con pleno conocimiento y entendimiento de la dinámica involucrada. Pero resultó ser que la Mano Invisible era el fraude contable, los préstamos hipotecarias chatarra, el abuso de información privilegiada y que no se relacionaran los crecientes gastos fijos de la deuda con la capacidad de pagar de los deudores – y todo este lío aparentemente legitimado por modelos de mercado computarizado, ahora bendecidos por el Tesoro.

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Michael Hudson es ex economista de Wall Street especializado en balanza de pagos y bienes inmobiliarios en el Chase Manhattan Bank (ahora JPMorgan Chase & Co.), Arthur Anderson y después en el Hudson Institute. En 1990 colaboró en el establecimiento del primer fondo soberano de deuda del mundo para Scudder Stevens & Clark. El Dr. Hudson fue asesor económico en jefe de Dennis Kucinich en la reciente campaña primaria presidencial demócrata y ha asesorado a los gobiernos de los EE.UU., Canadá, México y Letonia, así como al Instituto de Naciones Unidas para la Formación y la Investigación. Distinguido profesor investigador en la Universidad de Missouri de la ciudad de Kansas, es autor de numerosos libros, entre ellos Super Imperialism: The Economic Strategy of American Empire.

Michael Hudson es colaborador frecuente de Global Research.

Michael Hudson
 

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