MAGEC - prensa canaria : Cultura : Fallece el timplista Jos?© Antonio Ramos : Gaza 2009: "Exterminar a todas las bestias"
30 de enero de 2009   
 
¬∑¬∑¬∑ OPINI√ďN
Gaza 2009: "Exterminar a todas las bestias"

 

Gaza 2009

“Exterminad a todas las bestias”

 

Noam Chomsky

Znet

 

Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

 

 

El sábado 27 de diciembre, EE.UU. e Israel lanzaron su mayor ataque contra indefensos palestinos. El ataque había sido meticulosamente planificado, durante más de 6 meses según la prensa israelí. La planificación tuvo dos componentes: militares y propagandísticos. Se basó en las lecciones de la invasión del Líbano por Israel en 2006 que fue considerada como mal planificada y mal publicitada. Podemos, por lo tanto, estar bastante seguros que de que lo que se hizo y dijo fue pre-planificado e intencional.

Eso seguramente incluye la oportunidad del ataque: poco antes de mediodía, cuando los niños volvían de las escuelas y la gente se acumulaba en las calles de la densamente poblada Ciudad de Gaza. Sólo costó unos pocos minutos para matar a más de 225 personas y herir a 700, un comienzo auspicioso para la matanza masiva de civiles indefensos atrapados en una pequeña jaula sin tener a dónde huir.

En su retrospectiva “Desglose de los logros de la Guerra de Gaza,” el corresponsal del New York Times, Ethan Bronner citó lo siguiente como uno de sus logros más significativos. Israel calculó que sería ventajoso si parecía “volverse loco,” causando un terror vastamente desproporcionado, una doctrina que se remonta a los años cincuenta. “Los palestinos en Gaza captaron el mensaje el primer día,” escribió Bronner, “cuando los aviones de guerra israelíes atacaron simultáneamente numerosos objetivos en medio de un sábado por la mañana. Unos 200 fueron muertos instantáneamente, horrorizando a Hamás y por cierto a toda Gaza.” La táctica de “volverse loco” parece haber sido exitosa. Bronner concluyó que: existen “limitadas indicaciones de que la gente de Gaza sintió un tal dolor por esta guerra que tratará de controlar a Hamás,” el gobierno elegido. Es otra antigua doctrina de terror estatal. No recuerdo, a propósito, la retrospectiva del Times “Desglose de los logros de la Guerra de Chechenia,” aunque los logros fueron grandes.

La meticulosa planificación también incluyó presumiblemente la terminación del ataque, programado cuidadosamente para que tuviera lugar justo antes de la investidura, para minimizar la (remota) amenaza de que Obama tuviera algo crítico que decir sobre esos depravados crímenes apoyados por EE.UU.

Dos semanas después del comienzo del ataque durante el Sabbat, cuando gran parte de Gaza había sido convertida en escombros y la cantidad de víctimas mortales se acercaba a las 1.000, la agencia de la ONU UNRWA, de la que depende la mayoría de los gazanos para sobrevivir, anunció que los militares israelíes rehusaban permitir cargamentos de ayuda para Gaza, diciendo que los cruces estaban cerrados por ser Sabbat. Para honorar el día sagrado, había que negar alimentos y medicinas a los palestinos al límite de la supervivencia, pero cientos pueden ser masacrados ese mismo día por bombarderos jet y helicópteros estadounidenses.

Esta doble manera de observar rigurosamente el Sabbat atrajo poca, si alguna, atención. Tiene sentido. En los anales de la criminalidad estadounidense-israelí, una tal crueldad y cinismo apenas merecen más que una nota al pie. Son demasiado familiares. Para citar un paralelo relevante: en junio de 1982, la invasión israelí del Líbano respaldada por EE.UU. comenzó con el bombardeo de los campos de refugiados palestinos de Sabra y Chatila, que después de hicieron famosos como el lugar de terribles masacres supervisadas por el ejército israelí (Fuerzas de ‘Defensa’ Israelíes–ejército israelí). El bombardeo alcanzó el hospital local –el hospital Gaza [en Sabra, N. del T.]– y mató a más de 200 personas, según el informe de un testigo presencial, un especialista académico estadounidense en Oriente Próximo. La matanza fue el acto inicial de una invasión que mató entre 15.000 y 20.000 personas y destruyó gran parte del sur del Líbano y Beirut, que procedió con un crucial apoyo militar y diplomático de EE.UU. Este incluyó vetos de resoluciones del Consejo de Seguridad que trataron de detener la criminal agresión que fue emprendida, como apenas fue ocultado, para defender a Israel de la amenaza de una solución política pacífica, contrariamente a muchas patrañas convenientes sobre el sufrimiento de los israelíes bajo intensos disparos de cohetes, una fantasía de apólogos.

Todo esto es normal, y discutido de modo bastante abierto por altos responsables israelíes. Hace treinta años el Jefe de Estado Mayor, Mordechai Gur, observó que desde 1948 “hemos estado luchando contra una población que vive en aldeas y ciudades. Como resumiera sus observaciones el más destacado analista militar de Israel, Zeev Schiff: “el ejército israelí siempre ha atacado a poblaciones civiles, intencional y conscientemente… el ejército, dijo, nunca ha distinguido objetivos civiles [de militares]… [pero] atacó a propósito objetivos civiles.” Los motivos fueron explicados por el distinguido estadista Abba Eban: “existía una perspectiva racional, que fue cumplida en última instancia, que afectaba a poblaciones que ejercerían presión por el cese de hostilidades.” El efecto, como bien lo entendía Eban, sería permitir que Israel implementara, sin ser molestado, sus programas de expansión ilegal y dura represión. Eban estaba comentando sobre un estudio de ataques del gobierno laborista contra civiles por el primer ministro Begin, presentando un cuadro, dijo Eban, “de un Israel que inflige desenfrenadamente toda medida posible de muerte y angustia a poblaciones civiles en un estado de ánimo reminiscente de regímenes que ni el señor Begin ni yo nos atreveríamos a mencionar por su nombre.” Eban no disputó los hechos estudiados por Begin, pero lo criticó por declararlos en público. Tampoco preocupó a Eban, o a sus admiradores, que su propugnación de un masivo terror estatal también sea reminiscente de regímenes que no se atrevía a mencionar por su nombre.

La justificación del terror estatal por Eban es considerada por lo persuasiva por autoridades respetadas. Mientras continuaba el actual ataque de EE.UU. e Israel, el columnista del Times, Thomas Friedman, explicó que las tácticas de Israel tanto en el actual ataque y en su invasión del Líbano en 2006 se basan en el sano principio de “tratar de ‘educar’ a Hamás, infligiendo un fuerte número de víctimas mortales a militantes de Hamás y un fuerte dolor a la población de Gaza.” Eso tiene sentido sobre una base pragmática, como lo tuvo en el Líbano, donde “la única fuente de disuasión a largo plazo fue infligir suficiente dolor a los civiles – a las familias y empleadores de los militantes – para contener a Hezbolá en el futuro.” Y por una lógica similar, el esfuerzo de bin Laden por “educar” a los estadounidenses el 11-S fue altamente digno de elogio, como los ataques nazis contra Lídice y Oradour, la destrucción de Grozny por Putin, y otros notables intentos de “educación.”

Israel se ha esforzado por dejar en claro su dedicación a esos principios guía. El corresponsal del New York Times, Stephen Erlanger, informa que los grupos de derechos humanos israelíes están “inquietos por los ataques israelíes contra edificios que creen que debieran ser clasificados como civiles, como el parlamento, estaciones de policía y el palacio presidencial” – y, podríamos agregar, aldeas, casas, campos de refugiados densamente poblados, sistemas de agua y alcantarillado, hospitales, escuelas y universidades, mezquitas, instalaciones de ayuda de la ONU, ambulancias, y por cierto todo lo que pudiera aliviar el dolor de las indignas víctimas. Un alto oficial de inteligencia israelí explicó que el ejército israelí atacaron “ambos aspectos de Hamás – su ala de resistencia o militar y su dawa, o ala social,” este último un eufemismo para la sociedad civil. “Argumentó que Hamás era todo de una pieza,” continúa Erlanger, “y en una guerra sus instrumentos de control político y social son un objetivo tan legítimo como sus escondites de cohetes.” Erlanger y sus editores no agregan ningún comentario sobre la propugnación abierta, y práctica, del terrorismo masivo contra civiles, aunque corresponsales y columnistas señalizan su tolerancia o incluso propugnación explícita de crímenes de guerra, como señalado. Pero ajustándose a la norma, Erlanger no deja de subrayar que los ataques con cohetes de Hamás son “una obvia violación del principio de discriminación y se ajustan a la definición clásica del terrorismo.”

Como otros familiarizados con la región, el especialista en Oriente Próximo, Fawwaz Gerges, observa que “Lo que funcionarios israelíes y sus aliados estadounidenses no aprecian es que Hamás no es sólo una milicia armada sino un movimiento social con una amplia base popular que está profundamente arraigado en la sociedad.” De ahí que cuando realizan sus planes para destruir el “ala social” de Hamás, estén apuntando a destruir la sociedad palestina.

Puede que Gerges sea demasiado benévolo. Es muy poco probable que funcionarios israelíes y estadounidenses –o los medios y otros comentaristas– no aprecien esos hechos. Más bien, adoptan implícitamente la perspectiva tradicional de los que monopolizan los medios de violencia: nuestro puño de hierro puede aplastar toda oposición, y si nuestro furioso ataque resulta en numerosas víctimas civiles, todo sea por bien: tal vez los que queden serán adecuadamente educados.

Los oficiales del ejército israelí comprenden claramente que están aplastando a la sociedad civil. Ethan Bronner cita a un coronel israelí que dice que él y sus hombres no están muy “impresionados por los combatientes de Hamás.” “Son aldeanos con rifles,” dijo un artillero en un vehículo blindado para el transporte de tropas. Se parecen a las víctimas de las asesinas operaciones de “puño de hierro” del ejército israelí en el sur del Líbano ocupado en 1985, dirigidas por Shimon Peres, uno de los grandes comandantes terroristas de la era de la “Guerra contra el Terror” de Reagan. Durante esas operaciones comandantes y analistas estratégicos israelíes explicaron que las víctimas eran “aldeanos terroristas,” difíciles de erradicar porque “esos terroristas operan con el apoyo de la mayor parte de la población local.” Un comandante israelí se quejó de que “el terrorista… tiene aquí muchos ojos, porque vive aquí,” mientras el corresponsal militar del Jerusalem Post describió los problemas que enfrentan las fuerzas israelíes en el combate contra el “mercenario terrorista,” “fanáticos, todos los cuales están suficientemente dedicados a sus causas para seguir corriendo el riesgo de ser muertos mientras realizan ataques contra el ejército israelí,” que deben “mantener el orden y la seguridad” en el sur del Líbano ocupado a pesar “del precio que tienen que pagar los habitantes.” El problema ha sido familiar para los estadounidenses en Vietnam del Sur, para los rusos en Afganistán, para los alemanes en Europa ocupada, y para otros agresores que están implementando la doctrina

Gur-Eban-Friedman

Gerges cree que el terror estatal estadounidense-israelí fracasará: Hamás, escribe, “no puede ser eliminado sin masacrar a medio millón de palestinos. Si Israel logra matar a altos dirigentes de Hamás, una nueva generación, más radical que la presente, los reemplazará rápidamente. Hamás es una realidad. No va a desaparecer, y no alzará la bandera blanca no importa cuántas bajas sufra.”

Tal vez, pero siempre hay una tendencia a subestimar la eficacia de la violencia. Es particularmente extraño que una tal creencia sea mantenida en EE.UU. ¿Para qué estamos aquí?

Hamás es descrito regularmente como “Hamás, respaldado por Irán, que está dedicado a la destrucción de Israel.” Será difícil encontrar algo como “Hamás, democráticamente elegido, que hace tiempo que pide una solución de dos Estados de acuerdo con el consenso internacional” –bloqueada desde hace más de 30 años por EE.UU. e Israel, que rechazan de plano y explícitamente el derecho de los palestinos a la autodeterminación. Todo es verdad, pero no es una contribución útil a la línea oficial, por lo tanto es desechable.

Detalles como los mencionados anteriormente, aunque menores, nos enseñan a pesar de todo algo sobre nosotros mismos y nuestros clientes. Así lo hacen otros. Para mencionar otro, cuando comenzó el último ataque de EE.UU. e Israel contra Gaza, un pequeño barco, el Dignity, iba en camino de Chipre a Gaza. Los doctores y activistas de derechos humanos a bordo querían violar el criminal bloqueo de Israel y llevar suministros médicos a la población atrapada. El barco fue interceptado en aguas internacionales por navíos israelíes, que lo embistieron severamente, y casi lo hundieron, aunque logró arrastrarse hasta el Líbano. Israel emitió las mentiras de rutina, refutadas por los periodistas y pasajeros a bordo, incluidos el corresponsal de CNN Karl Penhaul y la ex congresista de EE.UU. y candidata presidencial del Partido Verde, Cynthia McKinney. Es un crimen serio –mucho peor, por ejemplo, que secuestrar barcos frente a la costa de Somalia. Apenas recibió atención en los medios. La aceptación tácita de semejantes crímenes refleja el entendimiento de que Gaza es territorio ocupado, y que Israel tiene derecho a mantener su cerco, incluso autorizado por los guardianes del orden internacional para realizar crímenes en alta mar para implementar sus programas de castigar a la población civil por desobedecer sus órdenes –bajo pretextos a los que volvemos, casi universalmente aceptados pero evidentemente inadmisibles.

La falta de atención de nuevo tiene sentido. Durante décadas, Israel ha estado secuestrando barcos en aguas internacionales entre Chipre y el Líbano, matando o secuestrando pasajeros, llevándolos a veces a prisiones en Israel, con cámaras de tortura en cárceles secretas, para retenerlos como rehenes durante muchos años. Ya que las prácticas son rutinarias, ¿por qué iban a tratar el nuevo crimen con más que un bostezo? Chipre y el Líbano reaccionaron de modo muy diferente, ¿pero qué importancia tienen en el contexto actual?

¿A quién le interesa, por ejemplo, si los editores del Daily Star, del Líbano, generalmente pro-occidental, escriben que “cerca de 1,5 millones de personas en Gaza son sometidas al ministerio asesino de una de las maquinarias militares más avanzadas tecnológicamente, pero moralmente retrógradas del mundo? A menudo se sugiere que los palestinos se han convertido para el mundo árabe en lo que los judíos fueron en la Europa previa a la Segunda Guerra Mundial, y existe una cierta verdad en esa interpretación. Cuán repugnantemente adecuado, por lo tanto, que exactamente como los europeos y norteamericanos miraron para otro lado cuando los nazis perpetraban el Holocausto, los árabes encuentren una manera de no hacer nada mientras los israelíes matan a niños palestinos.” Tal vez el más vergonzoso de los regímenes árabes es la brutal dictadura egipcia, beneficiaria de la mayor ayuda militar de EE.UU., aparte de Israel.

Según la prensa libanesa, Israel, todavía “rapta rutinariamente a civiles libaneses del lado libanés de la Línea Azul [la frontera internacional] el caso más reciente en diciembre de 2008.” Y, claro está, “aviones israelíes violan a diario el espacio aéreo libanés en violación de la Resolución 1701 de la ONU” (el experto libanés Amal Saad-Ghorayeb, Daily Star, 13 de enero). Eso también ha estado ocurriendo desde hace mucho tiempo. Al condenar la invasión del Líbano por Israel en 2006, el destacado analista estratégico israelí, Zeev Maoz, escribió en la prensa israelí que “Israel ha violado el espacio aéreo libanés realizando misiones de reconocimiento aéreo casi cada día desde su retirada del sur del Líbano hace seis años. Es verdad, esos sobrevuelos no causaron víctimas libanesas, pero una violación de una frontera es una violación de una frontera. Aquí también, Israel no tiene una razón moral superior.” Y en general, no existe una base para el “consenso total en Israel de que la guerra contra Hezbolá en el Líbano es una guerra justa y moral,” un consenso “basado en una memoria selectiva y a corto plazo, en una visión del mundo introvertida, y en dobles raseros. No es una guerra justa, el uso de la fuerza es excesivo e indiscriminado, y el objetivo final es la extorsión.”

Como Maoz también recuerda a sus lectores israelíes que los sobrevuelos con retumbos ultrasónicos para aterrorizar a los libaneses constituyen el menor crimen israelí en el Líbano, incluso aparte de sus cinco invasiones desde 1978. “El 28 de julio de 1988, Fuerzas Especiales israelíes raptaron al jeque Obeid, y el 21 de mayo de 1994, Israel raptó a Mustafa Dirani, quien fue responsable por la captura del piloto israelí Ron Arad [mientras éste estaba bombardeando el Líbano en 1986]. Israel los retuvo en prisión junto con otros 20 libaneses, que fueron capturados bajo circunstancias no reveladas, durante largos períodos sin proceso. Fueron retenidos como “cartas de cambio” humanas. Al parecer, el secuestro de israelíes con la intención de intercambiar prisioneros es moral reprensible, y militarmente castigable cuando Hezbolá realiza el secuestro, pero no si Israel hace lo mismo,” y en una escala mucho mayor y durante muchos años.

Las prácticas regulares de Israel son importantes incluso fuera de lo que revelan sobre la criminalidad israelí y el apoyo occidental del que goza. Como indica Maoz, esas prácticas subrayan la redomada hipocresía de la afirmación estándar de que Israel tuvo el derecho de invadir de nuevo el Líbano en 2006 cuando dos soldados fueron capturados en la frontera, la primera acción a través de la frontera de Hezbolá en los seis años desde la retirada de Israel del sur del Líbano, que ocupaba en violación de las órdenes del Consejo de Seguridad de 22 años antes, mientras que Israel violó impunemente casi a diario la frontera durante seis años, y aquí se guarda silencio.

La hipocresía es, de nuevo, rutina. Por lo tanto, Thomas Friedman, cuando explica cómo las especies inferiores tienen que ser “educadas” mediante la violencia terrorista, escribe que la invasión israelí del Líbano en 2006, destruyendo una vez más gran parte del sur del Líbano y de Beirut mientras mataba a otros 1.000 civiles, fue un justo acto de autodefensa, como reacción al crimen de Hezbolá de “lanzar una guerra no provocada a través de la frontera entre Israel y el Líbano reconocida por la ONU, después que Israel se había retirado unilateralmente del Líbano.” Dejando de lado el engaño, por la misma lógica, ataques terroristas contra israelíes que son mucho más destructivos y asesinos que cualesquiera que hayan tenido lugar, serían plenamente justificados como reacción a las prácticas criminales de Israel en el Líbano y en alta mar, que exceden ampliamente el crimen de Hezbolá de capturar a dos soldados en la frontera. El veterano especialista en Oriente Próximo del New York Times seguramente sabe de esos crímenes, por lo menos si lee su propio periódico: por ejemplo, el párrafo 18 de una historia sobre el intercambio de prisioneros en noviembre de 1983 que señala, de pasada, que 37 de los prisioneros árabes “habían sido capturados recientemente por la Armada Israelí mientras trataban de viajar de Chipre a Trípoli,” al norte de Beirut.

Desde luego todas las conclusiones semejantes sobre acciones apropiadas contra los ricos y poderosos se basan en un error fundamental. Una cosa somos nosotros, otra cosa son ellos. Ese principio crucial, profundamente arraigado en la cultura occidental, basta para debilitar hasta la analogía más precisa y el razonamiento más impecable.

Al escribir estas líneas, otro barco va en camino de Chipre a Gaza, “llevando suministros médicos urgentemente necesitados en cajas selladas, controladas por la Aduana en el Aeropuerto Internacional de Larnaca y en el Puerto de Larnaca,” informan los organizadores. Los pasajeros incluyen a miembros del Parlamento Europeo y médicos. Israel ha sido notificado de su propósito humanitario. Con suficiente presión popular, podrían realizar su misión en paz.

Los nuevos crímenes que EE.UU. e Israel han estado cometiendo en Gaza en las últimas semanas no se ajustan fácilmente a cualquier categoría estándar –excepto por lo familiar; sólo he dado algunos ejemplos, y volveré a otros. Literalmente, los crímenes caen bajo la definición oficial de “terrorismo” del gobierno de EE.UU., pero esa designación no captura su enormidad. No pueden ser llamados “agresión” porque son realizados en territorio ocupado, como concede tácitamente EE.UU. En su exhaustiva historia erudita del asentamiento israelí en los territorios ocupados, “Lords of the Land,” [Señores de la Tierra] Idit Zertal y Akiva Eldar señalan que después que Israel retiró sus fuerzas de Gaza en agosto de 2005, el territorio arruinado no fue liberado “ni por un solo día de la sujeción militar de Israel o del precio por la ocupación que los habitantes pagan cada día… Israel dejó tras de sí tierra arrasada, servicios devastados, y gente sin presente ni futuro. Los asentamientos fueron destruidos en una acción innoble de un ocupante incivil que en los hechos sigue controlando el territorio y mata y acosa a sus habitantes mediante su formidable poderío militar” –ejercido con extremo salvajismo, gracias al firme apoyo y participación de EE.UU.

El ataque estadounidense-israelí contra Gaza escaló en enero de 2006, unos pocos meses después de la retirada formal, cuando los palestinos cometieron un crimen verdaderamente atroz: votaron “incorrectamente” en una elección libre. Como otros, los palestinos aprendieron que uno no desobedece impunemente las órdenes del Amo, que sigue parloteando de su “ansia de democracia,” sin evocar el ridículo en las clases educadas, otro logro impresionante.

Ya que los términos “agresión” y “terrorismo” son inadecuados, se necesita alguna expresión nueva para la tortura sádica y cobarde de un pueblo atrapado sin posibilidad alguna de escape, mientras es convertido en polvo por los productos más sofisticados de la tecnología militar de EE.UU. –utilizada en violación del derecho internacional e incluso estadounidense, pero para quienes se han autoproclamado Estados fuera de la ley, es sólo un tecnicismo menor. También es un tecnicismo menor el hecho de que el 31 de diciembre, mientras gazanos aterrorizados buscaban desesperadamente refugio del implacable ataque, Washington haya contratado un barco alemán para transportar de Grecia a Israel un inmenso embarque: 3.000 toneladas, de “munición” no identificada. El nuevo embarque “viene después del contrato de un navío mercante para llevar un envío mucho mayor de armamento en diciembre de EE.UU. a Israel antes de los ataques aéreos en la Franja de Gaza,” informó Reuters. Todo esto es aparte de los más de 21.000 millones de dólares en ayuda militar de EE.UU. suministrada por el gobierno de Bush a Israel, casi en su totalidad subsidios. “La intervención de Israel en la Franja de Gaza ha sido impulsada en gran parte por armas suministradas por EE.UU., pagadas con dineros públicos de EE.UU.,” dijo una información de la New America Foundation, que monitorea el tráfico de armas. El nuevo embarque fue obstaculizado por la decisión del gobierno griego de prohibir el uso de cualquier puerto en Grecia “para el abastecimiento del ejército israelí.”

La reacción de Grecia ante los crímenes israelíes respaldados por EE.UU. es bastante diferente de la cobarde actitud de los dirigentes de la mayor parte de Europa. La distinción revela que Washington puede haber sido bastante realista al considerar a Grecia como parte de Oriente Próximo, no Europa, hasta el derrocamiento de la dictadura fascista respaldada por EE.UU. en 1974. Tal vez Grecia sea demasiado civilizada para ser parte de Europa.

Si hubiera alguien que pensara que la oportunidad de las entregas de armas a Israel es extraña, e indagara más, el Pentágono tiene una respuesta: el embarque arribaría demasiado tarde para escalar el ataque contra Gaza, y el equipo militar, sea lo que sea, debe ser pre-posicionado en Israel para su eventual uso por las fuerzas armadas de EE.UU. Puede que sea exacto. Uno de los numerosos servicios que Israel rinde a su patrón es suministrarle una valiosa base militar en la periferia de los mayores recursos de energía del mundo. Por ello puede servir como una base avanzada para agresión estadounidense –o para utilizar términos técnicos, para “defender el Golfo” y “asegurar estabilidad.”

El inmenso flujo de armas a Israel sirve muchos propósitos subsidiarios. El analista de política de Oriente Próximo, Mouin Rabbani, observa que Israel puede probar armas recientemente desarrolladas contra objetivos indefensos. Es de valor para Israel y para EE.UU. ‘de doble valor, de hecho, porque versiones menos efectivas de esos mismos sistemas de armas son subsiguientemente vendidas a precios enormemente inflados a Estados árabes, que efectivamente subvencionan la industria de armamentos de EE.UU. y las donaciones militares de EE.UU. a Israel.” Esas son las funciones adicionales de Israel en el sistema dominado por EE.UU. en Oriente Próximo, y entre los motivos por los que Israel es favorecido por las autoridades del Estado, junto con una amplia gama de corporaciones de alta tecnología de EE.UU., y por cierto la industria militar y la inteligencia.

Sin contar a Israel, EE.UU. es de lejos el mayor proveedor de armas del mundo. El reciente informe de New America Foundation concluye que “las armas y el entrenamiento militar por EE.UU. jugaron un papel en 20 de las 27 mayores guerras del mundo en 2007,” con ingresos para EE.UU. de 23.000 millones de dólares, que aumentaron a 32.000 millones en 2008. No es de extrañar que entre las numerosas resoluciones de la ONU a las que EE.UU. se opuso en la sesión de la ONU de diciembre de 2008 haya habido una que pedía la regulación del tráfico de armas. En 2006, EE.UU. fue el único que votó contra el tratado, pero en noviembre de 2008 se le sumó un socio: Zimbabue.

Hubo otros votos notables en la sesión de diciembre de la ONU. Una resolución sobre “el derecho del pueblo palestino a la autodeterminación” fue adoptada por 173 contra 5 (EE.UU., Israel, dependencias de las islas del Pacífico). La votación reafirma fuertemente el negacionismo estadounidense-israelí, en aislamiento internacional. Del mismo modo, una resolución sobre “libertad universal de viaje y la importancia vital de la reunificación familiar” fue adoptada con la oposición de EE.UU., Israel, y las dependencias del Pacífico, presumiblemente pensando en los palestinos.

Al votar contra el derecho al desarrollo EE.UU. perdió a Israel pero ganó a Ucrania. Al votar contra el “derecho al alimento”, EE.UU. se quedó solo, un hecho particularmente impresionante en vista de la enorme crisis alimentaria global, que deja chica a la crisis financiera que amenaza las economías occidentales.

Hay buenos motivos por los cuales no se informa regularmente sobre los resultados de las votaciones, y los medios y los intelectuales conformistas los envían a la profundidad del agujero de la memoria. No sería atinado revelar al público lo que dan a entender esos resultados sobre sus representantes elegidos. En el caso actual sería sencillamente poco útil que el público supiera que el negacionismo de EE.UU. e Israel, que obstaculiza la solución pacífica propugnada desde hace tiempo por el mundo, llega a tal extremo que niega a los palestinos hasta el derecho abstracto a la autodeterminación.

Uno de los heroicos voluntarios en Gaza, el doctor noruego Mads Gilbert, describió la escena de horror como una “guerra total contra la población civil de Gaza.” Estimó que la mitad de las víctimas son mujeres y niños. Los hombres también son casi todos civiles, según estándares civilizados. Gilbert informa que apenas ha visto una víctima militar entre los cientos de cuerpos. El ejército israelí está de acuerdo. Hamás “hizo un esfuerzo especial para combatir a distancia –o no hacerlo en absoluto,” informa Ethan Bronner mientras “analiza los logros” del ataque estadounidense-israelí. De modo que la fuerza de Hamás sigue intacta, y fueron sobre todo civiles los que sufrieron: un resultado positivo, según la doctrina mayoritaria.

Esas evaluaciones fueron confirmadas por el jefe humanitario de la ONU, John Holmes, quien informó a los periodistas que es “una presunción justificada” que la mayoría de los civiles muertos fueron mujeres y niños en una crisis humanitaria que empeora día a día mientras continúa la violencia.” Pero debiéramos sentirnos reconfortados por las palabras de la Ministra de Exteriores israelí Tzipi Livni, la principal paloma en la actual campaña electoral, quien aseguró al mundo que no hay “crisis humanitaria” en Gaza, gracias a la benevolencia israelí.

Como otros que se preocupan por seres humanos y su suerte, Gilbert y Holmes abogaron por un cese al fuego. Pero no todavía. “En Naciones Unidas, EE.UU. impidió que el Consejo de Seguridad aprobara una declaración formal el sábado por la noche pidiendo un cese al fuego inmediato,” mencionó como de pasada el New York Times. La razón oficial era que “no había indicación de que Hamás acataría cualquier acuerdo.” En los anales de las justificaciones para deleitarse en la matanza, ésta debe ocupar un lugar entre las más cínicas. Pero, claro, eran Bush y Rice, que pronto serían desplazados por Obama, quien repite compasivamente que “si cayeran misiles donde duermen mis hijas, haría todo por impedirlo.” Se refería a los niños israelíes, no a los muchos cientos que son despedazados en Gaza por armas de EE.UU. Fuera de eso, Obama mantuvo su silencio.

Unos pocos días después, bajo intensa presión internacional, EE.UU. apoyó una resolución del Consejo de Seguridad pidiendo un “cese al fuego durable.” Fue aprobada por 14 a 0, con la abstención de EE.UU. Israel y los halcones estadounidenses se enfurecieron porque EE.UU. no la haya vetado, como de costumbre. La abstención, sin embargo, bastó para dar a Israel si no luz verde, por lo menos amarilla, para escalar la violencia, como lo hizo hasta virtualmente el momento de la toma de posesión, como había sido vaticinado.

Cuando entró en vigor (teóricamente) el cese al fuego el 18 de enero, el Centro Palestino de Derechos Humanos publicó sus cifras para el último día del ataque: 54 palestinos muertos, incluyendo a 43 civiles desarmados, 17 de ellos niños, mientras el ejército israelí seguían bombardeando casas civiles y escuelas de la ONU. La cantidad de víctimas mortales, estimaron, ascendía a 1.184, incluyendo a 844 civiles, 281 de ellos niños. El ejército israelí siguió utilizando bombas incendiarias en toda la Franja de Gaza, y destruyendo casas y tierras agrícolas, obligando a civiles a huir de sus hogares. Unas pocas horas después, Reuters informó de más de 1.300 muertos. El personal del Centro Al Mezan, que también monitorea cuidadosamente víctimas y destrucción, visitó áreas que previamente habían sido inaccesibles por los incesantes bombardeos pesados. Descubrieron docenas de cadáveres de civiles descomponiéndose bajo los escombros de casas destruidas o extraídos por aplanadoras israelíes. Bloques urbanos enteros habían desaparecido.

Las cifras de muertos y heridos son seguramente subestimaciones. Y es poco probable que haya alguna investigación de esas atrocidades. Los crímenes de enemigos oficiales son sometidos a investigaciones rigurosas, pero los nuestros son ignorados sistemáticamente. Es la práctica general, de nuevo, y comprensible, por parte de los amos.

La Resolución del Consejo de Seguridad requería la detención del flujo de armas hacia Gaza. EE.UU. e Israel (Rice-Livni) pronto llegaron a un acuerdo sobre medidas para asegurar ese resultado, concentrándose en armas iraníes. No hay necesidad de detener el contrabando de armas de EE.UU. hacia Israel, porque no hay contrabando: el inmenso flujo de armas es bastante público, incluso cuando no se informa, como en el caso del embarque de armas anunciado mientras tenía lugar la matanza en Gaza.

La Resolución también requería “que se asegurara la reapertura continua de los puntos de cruce sobre la base del Acuerdo de 2005 sobre Movimiento y Acceso entre la Autoridad Palestina e Israel”; ese Acuerdo determinaba que los cruces hacia Gaza serían operados sobre una base continua y que Israel también permitiría el cruce de bienes y personas entre Cisjordania y la Franja de Gaza.

El acuerdo Rice-Livni no dice nada sobre este aspecto de la Resolución del Consejo de Seguridad. EE.UU. e Israel ya habían abandonado efectivamente el Acuerdo de 2005 como parte de su castigo a los palestinos por no haber votado como EE.UU. e Israel lo deseaban en una elección libre en enero de 2006. La conferencia de prensa de Rice después del acuerdo Rice-Livni subrayó los continuos esfuerzos de Washington por subvertir los resultados de la única elección libre en el mundo árabe: “Pueden hacerse muchas cosas,” dijo, “para sacar a Gaza de la penumbra de la hegemonía de Hamás hacia la luz de la excelente administración que puede conllevar la Autoridad Palestina” – por lo menos, conllevarla mientras siga siendo un cliente leal, plagado de corrupción y dispuesto a realizar una dura represión, pero obediente.

Al volver de una visita al mundo árabe, Fawwaz Gerges afirmó enfáticamente lo que han informado otros presentes en el terreno. El efecto de la ofensiva de EE.UU. e Israel en Gaza ha sido enfurecer a las masas y provocar un odio a muerte contra los agresores y sus colaboracionistas. “Baste decir que los Estados árabes así llamados moderados [es decir, los que reciben sus órdenes de Washington] están a la defensiva, y que el frente de la resistencia encabezado por Irán y Siria es el principal beneficiario. Una vez más, Israel y el gobierno de Bush han entregado a la dirigencia iraní una dulce victoria.” Además, “Hamás probablemente emergerá como una fuerza política más poderosa que antes y probablemente superará a Fatah, el aparato gobernante de la Autoridad Palestina del presidente Mahmud Abbas,” favoritos de Rice.

Vale la pena tener en cuenta que el mundo árabe no está tan escrupulosamente protegido de la única cobertura viva regular de televisión de lo que sucede en Gaza, es decir “el análisis tranquilo y equilibrado del caos y la destrucción, suministrado por los extraordinarios corresponsales de al Jazeera, que suministraron “una austera alternativa a los canales terrestres,” como informa el Financial Times de Londres. En los 105 países que carecen de nuestras eficientes modalidades de autocensura, la gente puede ver a cada hora lo que sucede, y se dice que el impacto es muy grande. En EE.UU., informa el New York Times, “el bloqueo informativo casi total… indudablemente está relacionado con la crítica acerba que al- Jazeera recibió del gobierno de EE.UU. durante las etapas iniciales de la guerra en Iraq por su cobertura de la invasión estadounidense. Cheney y Rumsfeld objetaron, de modo que, obviamente, los medios independientes sólo pudieron obedecer.

Hay mucho debate sobrio sobre lo que esperaban lograr los atacantes. Algunos de los objetivos son comúnmente discutidos, entre ellos, restaurar lo que se llama “la capacidad disuasiva” que Israel perdió como resultado de sus fracasos en el Líbano en 2006 – es decir, la capacidad de aterrorizar a cualquier oponente potencial a fin de someterlo. Existen, sin embargo, objetivos más fundamentales que tienden a ser ignorados, aunque también parecen ser bastante obvios si consideramos la historia reciente.

Israel abandonó Gaza en septiembre de 2005. Personas racionales de la línea dura israelí, como Ariel Sharon, santo patrón del movimiento de los colonos, comprendió que no tenía sentido subvencionar a unos pocos colonos israelíes ilegales en las ruinas de Gaza, protegidos por el ejército israelí, mientras utilizaban gran parte de la tierra y de sus escasos recursos. Tenía más sentido convertir Gaza en la mayor prisión del mundo y transferir a los colonos a Cisjordania, un territorio mucho más valioso, en el que Israel es bastante explícito en cuanto a sus intenciones, en palabras y, lo que es más importante, en los hechos.

Un objetivo es anexar la tierra árabe, los suministros de agua, y agradables suburbios de Jerusalén y Tel Aviv que están dentro del muro de separación, irrelevantemente declarado ilegal por la Corte Internacional. Incluye a Jerusalén vastamente expandida, en violación de órdenes del Consejo de Seguridad de hace 40 años, por lo tanto irrelevantes. Israel también se ha estado apoderando del Valle del Jordán, aproximadamente un tercio de Cisjordania. Lo que queda es consiguientemente aprisionado y, además, fragmentado por salientes de asentamientos judíos que trisecan el territorio: una parte al este de Gran Jerusalén por la ciudad de Ma'aleh Adumim, desarrollada durante los años de Clinton para dividir Cisjordania; y dos hacia el norte, por las ciudades de Ariel y Kedumim. Lo que queda para los palestinos es segregado por cientos de puntos de control, arbitrarios en su mayoría.

Los puntos de control no tienen que ver con la seguridad de Israel, y si algunos tienen el propósito de proteger a los colonos, son rotundamente ilegales, como decidiera la Corte Internacional de Justicia. En realidad, su principal objetivo es acosar a la población palestina y fortificar lo que el activista israelí por la paz Jeff Halper llama la “matriz de control”, destinada a hacer que la vida sea insoportable para las “bestias de dos patas” que serán como “cucarachas drogadas que corretean en una botella” si tratan de permanecer en sus casas y tierras.

Todo eso está bien, porque son “como saltamontes comparados con nosotros” de modo que sus cabezas pueden ser “estrelladas contra las peñas y los muros.” La terminología proviene de los máximos dirigentes políticos y militares israelíes, en este caso los reverenciados “príncipes”. Y las actitudes conforman las políticas.

Los desvaríos de los dirigentes políticos y militares son suaves en comparación con las prédicas de las autoridades rabínicas. No son personajes marginales. Al contrario, son muy influyentes en el ejército y en el movimiento de colonos, personas que Zertal y Eldar desvelan como “señores de la tierra”, con enorme impacto en la política. Soldados que combatían en el norte de Gaza recibieron una visita “inspiradora” de dos destacados rabinos, quienes les explicaron que no hay “inocentes” en Gaza, de modo que todos eran objetivos legítimos, citando un famoso pasaje de los Salmos llamando al Señor para que tomara los hijos de los opresores de Israel y los arrojara contra las rocas. Los rabinos no hacían nada nuevo. Un año antes, el ex rabino jefe sefardí escribió al primer ministro Olmert, informando que todos los civiles en Gaza son culpables colectivamente por los ataques con cohetes, de modo que “no existe absolutamente ninguna prohibición moral contra la matanza indiscriminada de civiles durante una masiva ofensiva militar potencial contra Gaza orientada a detener los lanzamientos de cohetes,” según la información del Jerusalem Post sobre su veredicto. Su hijo, rabino jefe de Safed, entró en más detalle: “Si no se detienen después que matemos a 100, tenemos que matar mil, y si no se detienen después de 1.000, debemos matar a 10.000. Y si no se detienen debemos matar a 100.000, incluso a un millón. Todo lo que sea necesario para hacer que se detengan.”

Puntos de vista similares son expresados por destacadas personalidades seculares estadounidenses. Cuando Israel invadió el Líbano en 2006, el profesor de la Escuela de Derecho de Harvard, Alan Dershowitz, explicó en el periódico liberal en línea Huffington Post que todos los libaneses son objetivos legítimos para la violencia israelí. Los ciudadanos del Líbano están “pagando el precio” por su apoyo a “terroristas.” –es decir, por apoyar a la resistencia a la invasión israelí. Según él, los civiles libaneses no son más inmunes a ataques que los austríacos que apoyaron a los nazis. La fatua del rabino sefardí se aplica a ellos. En un vídeo en la página en Internet del Jerusalem Post, Dershowitz pasó a ridiculizar el habla de ratios excesivas de muertes de palestinos a israelíes: habría que aumentarla de 1.000 a uno, dijo, o incluso 1.000 a cero, queriendo decir que las bestias debieran ser completamente exterminadas. Por cierto, se refiere a “terroristas,” una categoría amplia que incluye a las víctimas del poder israelí, ya que “Israel nunca ataca a civiles,” declaró enfáticamente. En consecuencia, palestinos, libaneses, tunecinos, cualquiera que se interponga en el camino de los implacables ejércitos del Estado Sagrado es un terrorista, o una víctima accidental de sus justos crímenes.

No es fácil encontrar contrapartidas históricas para esas actuaciones. Tal vez sea de un cierto interés que sean consideradas enteramente adecuadas en la cultura intelectual y moral imperante –cuando son producidas por “nuestro lado,” es decir: que si provinieran de las bocas de enemigos oficiales, semejantes palabras provocarían indignación justiciera y llamados a una masiva violencia preventiva como venganza.

La afirmación de que “nuestro lado” nunca ataca a civiles es una doctrina familiar entre los que monopolizan los medios de violencia. Y hay algo de verdad en ello. Generalmente no tratamos de matar a civiles en particular. Más bien, realizamos acciones asesinas que sabemos matarán a muchos civiles, pero sin la intención específica de matar a civiles en particular. Según la ley, las prácticas rutinarias pueden caer en la categoría de indiferencia depravada, pero no es una designación adecuada para la práctica estándar y la doctrina imperiales. Es más similar a caminar por una calle a sabiendas de que podemos matar hormigas, pero sin estar interesados en hacerlo, porque ocupan un lugar tan bajo que simplemente no importa. Lo mismo vale cuando Israel realiza acciones que sabe matarán a los “saltamontes” y a “las bestias de dos patas” que por casualidad infestan las tierras que “libera.” No hay una expresión apropiada para esta forma de depravación moral, posiblemente peor que el asesinato deliberado, y demasiado familiar.

En la antigua Palestina, los legítimos dueños (por decreto divino, según los “señores de la tierra”) pueden decidir si otorgan a las cucarachas drogadas unas pocas parcelas dispersas. Pero no por derecho, sin embargo: “Creía, y hasta este día sigo creyendo, en el derecho eterno e histórico de nuestro pueblo a todo este país,” informó el primer ministro Olmert a una sesión conjunta del Congreso en mayo de 2006 y recibió un clamoroso aplauso. Al mismo tiempo anunció su programa de “convergencia” para apoderarse de lo que hay de valioso en Cisjordania, dejando que los palestinos se pudran en cantones aislados. No fue específico sobre las fronteras de “todo el país,” pero por otro lado, el proyecto sionista nunca lo ha sido, por buenos motivos: la expansión permanente es una dinámica interna muy importante. Si Olmert sigue siendo fiel a sus orígenes en el Likud, podrá haber querido decir las dos riberas del Jordán, incluyendo el actual Estado de Jordania, o por lo menos sus partes más valiosas.

El “derecho eterno e histórico a todo este país” de nuestro pueblo, contrasta dramáticamente con la ausencia de cualquier derecho a la autodeterminación de sus habitantes temporales, los palestinos. Como señalara anteriormente, la condición de estos últimos fue reiterada por Israel y su patrón en Washington en diciembre de 2008, en su acostumbrado aislamiento, y acompañada por un silencio resonante.

Los planes que Olmert esbozó en 2006 han sido abandonados desde entonces porque no eran bastante extremos. Pero lo que reemplaza el programa de convergencia, y las acciones que tienen lugar a diario para implementarlo, son aproximadamente las mismas, en su concepto general. Se remontan a los primeros días de la ocupación, cuando el Ministro de Defensa Moshe Dayan explicó poéticamente que “la situación actual se parece a la relación compleja entre un beduino y la muchacha que secuestra contra su voluntad… Vosotros palestinos, como nación, no nos queréis hoy, pero cambiaremos vuestra actitud imponiéndoos nuestra presencia.” “Viviréis como perros, y el que se vaya, se irá,” mientras nosotros nos apoderamos de lo que queremos.

Nunca ha cabido duda de que esos programas sean criminales. Inmediatamente después de la guerra de 1967, el gobierno israelí fue informado por su máxima autoridad legal, Teodor Meron, que “el asentamiento civil en los territorios administrados contraviene las provisiones explícitas de la Cuarta Convención de Ginebra,” el fundamento del derecho humanitario internacional. El Ministro de Justicia de Israel estuvo de acuerdo. La Corte Internacional apoyó unánimemente la conclusión esencial en 2004, y el Tribunal Superior israelí estuvo técnicamente de acuerdo aunque estuvo en desacuerdo en la práctica, en su estilo usual.

En Cisjordania, Israel puede continuar sus programas criminales con apoyo de EE.UU. y sin tener problemas, gracias a su control militar efectivo y, por el momento, a la cooperación de las fuerzas de seguridad palestinas colaboracionistas armadas y entrenadas por EE.UU. y dictaduras aliadas. También puede realizar asesinatos regulares y otros crímenes, mientras los colonos cometen destrozos y abusos bajo la protección del ejército israelí. Pero mientras Cisjordania ha sido efectivamente sometida mediante el terror, sigue habiendo resistencia en la otra mitad de Palestina, la Franja de Gaza. También debe ser aplastada para que el programa de anexión y destrucción de Palestina de EE.UU. e Israel pueda avanzar sin problemas.

De ahí la invasión de Gaza

La oportunidad de la invasión fue presumiblemente influenciada por la próxima elección israelí. Ehud Barak, que iba muy atrás en los sondeos, obtuvo un escaño parlamentario por cada 40 árabes muertos en los primeros días de la matanza, calculó el comentarista israelí Ran HaCohen.

Eso puede cambiar, sin embargo, Como los crímenes llegaron más allá de lo que pudo suprimir la cuidadosamente afinada campaña de propaganda israelí, incluso halcones israelíes confirmados llegaron a preocuparse de que la carnicería esté “destruyendo el alma [de Israel] y su imagen. Destruyéndola en las pantallas de televisión del mundo, en las salas de estar de la comunidad internacional, y lo más importante, en el EE.UU. de Obama” (Ari Shavit). A Shavit le preocupó sobre todo el “bombardeo de una instalación de Naciones Unidas… [por Israel]… “el día en el que el secretario general de la ONU estaba visitando Jerusalén,” un acto que “va más allá de la demencia,” consideró.

Para agregar unos pocos detalles, la “instalaci&oacu;

Noam Chomsky
 

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