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05 de febrero de 2009   
 
··· OPINIÓN
El ascenso al poder de Hezbollah: legitimidad militar y social

 

 Revista Pueblos

En mayo de 2008 la violencia sectaria (en definición de nuestros medios) azotó Líbano una vez más. El desencadenante fue el intento de desmantelar la red telefónica propia y paralela a la oficial que Hezbollah había tendido. El Ministerio de telecomunicaciones, en manos del Partido Socialista Druso dirigido por Walid Jumblatt, miembro en la actualidad del Gobierno de unidad nacional, asumió en aquel momento la cabeza de la ofensiva contra los partidarios del jeque Nasrallah. Varias decenas de muertos y semanas de tensión mientras la prensa internacional hablaba una vez más de "la inminente guerra civil" que se cernía sobre Líbano.

 

No se trataba más que de la repetición y previsible encadenamiento de causas que ya habían deparado a la sociedad civil libanesa consecuencias nefastas a lo largo de su corta historia como Estado soberano. De la llegada de los refugiados palestinos en 1948 a una larga y cruenta guerra civil durante las décadas de los 70 y 80, pasando a una ocupación israelí de dos décadas y hasta llegar a un Gobierno de unidad nacional como el existente en la actualidad. Compleja y recurrente realidad que nos plantea varias cuestiones: ¿Ha sido Líbano alguna vez un Estado cohesionado? ¿Es Hezbollah un Estado dentro del Estado libanés? ¿Cómo podemos valorar la ayuda que recibe de Irán?

 

Líbano como Estado fallido

Líbano nunca ha sido, desde su declaración como Estado independiente en 1941, un Estado cohesionado. Líbano es una suma de "Estados dentro del Estado" que se interrelacionan entre sí en continua guerra civil de alta o baja intensidad. Incluso en el marco de una guerra civil-civil (juegos de influencia política sin llegar a la confrontación armada en todas las ocasiones) que ha mantenido su territorio sujeto a continuos vaivenes e injerencias del exterior desde su fundación. Cristianos maronitas, drusos, musulmanes sunitas, musulmanes chiítas, siempre se han enfrentado a través de una serie de alianzas cambiantes que nunca han permitido en los casi 70 años de historia del país que sus ciudadanos colaborasen lealmente.

Desde 1985, todas las potencias occidentales e Israel han tratado de evitar la consolidación de la influencia sirioiraní ejercida sustancialmente a través de Hezbollah. Tras los acuerdos de Taybee, que dieron fin en 1991 a la guerra civil, se construyó un complejo sistema de balances y reparto de representatividades que finalmente se han visto superados por los hechos y, por tanto, dejaron de ser útiles. La mayoría musulmana chiíta, abiertamente discriminada en el reparto de poder de las estructuras estatales, rompió la baraja. Hezbollah ha articulado la legitimidad de sus demandas desde el punto de vista demográfico (son la comunidad libanesa más numerosa y eran los menos representados hasta este mismo año en las estructuras gubernamentales) y sobre la base del enorme apoyo popular que les ha otorgado una política de doble dimensión: primero la resistencia militar contra Israel y posteriormente la construcción de un Estado social, inexistente en el territorio. Tender líneas telefónicas propias y paralelas a las oficiales no sirve más que para constatar la superación de esa realidad de estructuras institucionales que no se corresponden con la realidad.

Hezbollah como elemento de cohesión

En contraposición a los sucesos telefónicos de mayo de 2008 y comprendiendo el papel fundamental que Líbano representa como campo de juego en el que se dirimen intereses regionales, el 16 de julio de 2008 cientos de miles de personas ocuparon las calles de Beirut para recibir, en medio de un clima de victoria, a los últimos prisioneros libaneses que llevaban, en algún caso, casi tres décadas en cárceles israelíes. Aquel día, el líder de Hezbollah, el jeque Hassan Nashrallah, sellaba una más de sus claras y ya recurrentes victorias en el ámbito de la política "interméstica" (internacional y doméstica al mismo tiempo): Hezbollah devolvía ataúdes a Israel y recibía prisioneros a cambio, demostrando que la vía de la resistencia para obtener acuerdos con Israel da frutos más consistentes que la de la negociación escenificada, en ejemplo por todos conocido, por la Autoridad Nacional Palestina. Ylo hacía en su feudo de Dahieh ante un Gobierno de unidad nacional que -ya con su presidente (cristiano) Suleiman y su primer ministro (musulmán suní) Suniora a la cabeza- había recibido como héroes a los prisioneros en el aeropuerto de Beirut. ¿Quién era ese día la máxima autoridad libanesa? ¿El presidente Suleiman o el Jeque Nasrallah?

El líder de Hezbollah insiste en un mensaje de unidad nacional para los libaneses que pasa por una serie de reivindicaciones básicas: territorio y prisioneros en Israel, el carácter defensivo de su estrategia y la necesidad de integrar a los diferentes actores políticos del país: "Queremos insistir en diseñar una estrategia de defensa nacional unificada. Líbano no es ninguna amenaza para nadie. Tenemos una intención positiva que sólo se basa en lo defensivo. Queremos escapar del círculo del monopolio de la resistencia. No queremos más enfrentamientos internos."

Nasrallah apoya totalmente al presidente libanés y a su Gobierno, tal y como explicitó ante la multitud: "Nuestro Gobierno de unidad nacional se encuentra sentado aquí, por primera vez, para recibir a nuestros prisioneros. Quiero agradecer especialmente al presidente Suleiman su presencia en el aeropuerto de Beirut. Comparto todas y cada una de las palabras de nuestro presidente en el día de hoy. Aquí están todas las fuerzas políticas de Líbano, unidas, demostrando nuestra dignidad. Tenemos que recordar este día como el comienzo de algo nuevo y comenzar a diseñar Líbano juntos, enfrentándonos solidariamente a lo que hemos sufrido. No estamos en este Gobierno para competir entre nosotros sino para trabajar, para resolver los problemas de nuestro país y hacerlo revivir".

Una anécdota vivida el 12 de agosto de 2006 en el puente sobre el río Litani escenificaba ya por entonces esta política, ahora refrendada en público y antes las cámaras de todas las televisiones internacionales. Tras varias horas de espera sin que el oficial del ejército libanés a cargo de controlar el puente sobre el río Litani considerase que debía dejarnos cruzar a quienes allí esperábamos, compartiendo té con los soldados, habíamos podido comprobar cómo las rancheras Volvo de los milicianos de Hezbollah cruzaban el puente a toda velocidad mientras los soldados les abrían paso diligentemente. Sin mayor complejidad comprendimos que quien estaba al mando no era el oficial del ejército de mediana edad sino el joven miliciano con walkie talkie que aparecía y desaparecía tras un recodo del camino. A él nos dirigimos para pedirle que nos autorizase llegar a Tyro. Yno sólo lo hizo sino que llamó a una furgoneta que en menos de media hora nos había dejado sanos y salvos en nuestro destino.

Apartir del Río Litani y los suburbios chiítas de Beirut, Hezbollah es "el Estado". Si quiere llamarse Estado a la suma de resistencia y organizaciones caritativas. Yno un Estado en contraposición al ejército regular libanés, sino en poliédrica y cambiante colaboración. Recorrer en agosto y posteriormente en noviembre de 2006 la carretera que une Tyro con Maroun ARas, ya frente a la verja que "protege" las colonias israelíes, traía a la retina la plasmación de este poder: presencia de milicianos, siempre desarmados y amables frente a los extranjeros, junto a la moderna y efectiva propaganda de Hezbollah , la retórica y la real, la de los hechos. Hezbollah, en base a su fuerza militar, se ha aupado desde su posición previa de "Estado dentro del Estado" a ser "el actor principal del tablero que supone la política libanesa".

La "Yihad al-Bina" o "el esfuerzo de la reconstrucción"

No todo en Hezbollah (fundado como partido político en 1985 y que en el año 2000 consiguió terminar con la ocupación israelí del sur del Líbano) es resistencia militar contra el ocupante israelí. Desde sus comienzos ha organizado un particular "dawlat al-insan" o "Estado humano" con el objetivo de paliar la inexistencia del más mínimo concepto de Estado de Bienestar o provisión de servicios públicos por parte del Estado libanés, derivada de su tradicional estructura sectaria y de su deriva neoliberal desde el fin de la guerra civil. Esta estructura, paralela a la del Estado, y que se repite al observar el ascenso de Hamás en la Franja de Gaza o de los Hermanos Musulmanes en Egipto, es una característica común a las diversas formulaciones del concepto de la teoría del Estado islámico.

Se ejerce a través de las "jam’iya" u organizaciones caritativas. Ciertamente recuerda a los viejos tiempos del movimiento obrero europeo y su formulación de membresía en el partido o sindicato "de la cuna a la tumba". ¿Qué eran, a fin de cuentas, las organizaciones de solidaridad obrera de principios de siglo en las que se enseñaba a leer, se generaban cajas de resistencia, se abrían casas del pueblo y se generaba un sentimiento de comunidad frente a las amenazas del Estado y los patronos? En el caso musulmán estas organizaciones recogen donativos entre la comunidad de los creyentes (transnacional) y los redistribuyen a la acción social que desarrollan a lo largo de todo el país, especialmente en las áreas chiítas pero siempre con criterio inclusivo, aceptando a cualquier persona que se les acerque, ya sea en forma de peticionario de un pequeño préstamo ya como paciente en cualquiera de los cientos de dispensarios médicos que mantiene abiertos a lo largo del país. Supliendo al Estado, ausente e inexistente, se legitima a la organización. La ausencia de sectarismo cohesiona, a la vez que islamiza.

El esfuerzo de reconstrucción (Yihad Al Binna) pasa por la asimilación inmediata de la necesidades de la población. Al igual que en lo simbólico se lidera la resistencia y la solidaridad con la causa palestina y en lo militar se vence a Israel, en lo social, Hezbollah es la población, sin que puedan marcarse las diferencias entre estructura organizativa y habitantes, especialmente al sur del río Litani o en Dahieh, al sur de Beirut. Tras una guerra absolutamente devastadora en agosto de 2006 en la que miles de personas se vieron forzadas a abandonar sus hogares, en apenas 48 horas, como todos los allí presentes pudimos observar, Hezbollah había abierto pequeñas oficinas improvisadas en cada población para recoger las solicitudes de ayuda de la población y repartir bienes de consumo básico, como bidones de agua, gasolina, medicamentos y alimentos. No sólo esto. Sino que comenzaron a pagar alquileres sustitutivos para familias que habían perdido sus hogares mientras los escombros de los edificios derruidos comenzaban a ser retirados.

¿Hasta qué punto el flujo económico proviene de Irán o se debe a fondos propios en el marco de las donaciones de los fieles? Resulta difícil escapar a la propaganda al respecto. Para algunos el origen del dinero, probablemente cierto, de situarse en Irán, invalida su legitimidad. Es respetable verlo así desde el exterior. Definitivamente, la población del sur del Líbano no lo percibe del mismo modo. Si las agencias de cooperación internacional pueden enviar ayuda humanitaria políticamente orientada ¿por qué no puede enviarla un Estado amigo a través de sus organizaciones hermanas? ¿Es la cooperación bilateral de la UE o la descentralizada del Estado español más legítima que la iraní? ¿Es mejor nuestra ayuda que la de la comunidad de los creyentes? ¿Están menos orientadas políticamente las contrapartes de las ONG occidentales que las organizaciones de solidaridad islámica?

Alberto Arce
 

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