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La música de los acontecimientos

Era una tarde melancólica de cielo nublado y frío rejuvenecedor. El viento susurraba suavemente. Simplemente respiraba, a la vez que evocaba escenas del mundo en que vivimos. Un mensaje me llegó a modo de enseñanza, tal vez fruto de la inspiración o del fugaz razonamiento. Pensé: la vida acontece, la muerte sobreviene.

Desconozco cuál será la música de mi muerte (¿quién sabe qué le depara el porvenir?), pero reconozco melodías que nutren la esencia de algunos acontecimientos vitales. No se trata, empero, de un conocimiento formal: es simplemente fruto del presente que acaece.

Algunos episodios de la vida sólo pueden entenderse pasando previamente por otros, y no deteniéndose en éstos, sino vivenciándolos y dejándolos atrás, como cuando atravesamos el mar de isla en isla, un río caudaloso o un páramo desierto.

Permítanme, pues, esta breve alegoría sobre música y compromiso vivencial. Ya sabemos que la honestidad y la transparencia en la política convencional (neoliberal) resultan tan fingidas como la interpretación en el cine. En el séptimo arte, no obstante, la música suele ser congruente con las imágenes.

Tomemos por ejemplo la banda sonora de un conocido film, Mullholland Drive, obra dirigida por David Lynch y musicada por Angelo Badalamenti. El primer tema de la película (1´29’’) retrata fielmente, a mi entender, la vanidad del escenario hollywoodense, la búsqueda del éxito, el american way of life, la tentación omnipresente de la alienación; y por ello deviene melodía banal, superficial, anodina, encorsetada en su bailable vulgaridad. No obstante, sirve para algo: muestra las nomenclaturas, prepara el ambiente, señala la línea que diferencia radicalmente de lo que sigue.

El segundo tema musical de la banda sonora (4’18’’), cuya continuación necesaria entronca con el tema final, retrata de manera impecable −con un gusto estético profundo aunque desprovisto de manifiesta categorización− la introspección propia del acto consciente, el lirismo de la noble intencionalidad, el compromiso de la poesía hecha acción, el toque majestuoso de la dignidad sin presunción; y por ello deviene esplendor sonoro, a la vez que sencillez, eco que propugna sentimientos, alas de ideal. Sirve para penetrar el enigma, pero no para resolverlo: la búsqueda y la resolución son espacios inviolables de la condición humana, al mismo tiempo señas de identidad personal y condición universal del ser.

Considero que el primer tema musical, reiterativo y vulgar, sólo puede ser apreciado significativamente cuando sabemos que representa el preámbulo necesario hacia el segundo tema, evanescente y sugestivo. Dicho en términos metafóricos, el baile de la veleidad me resulta gratificante sólo cuando reconozco (bien por convencimiento intuido o por lección aprehendida) que lo posterior conlleva el desenvolvimiento de la conciencia.

De este modo (refiriéndonos a la vida militante), quien experimenta la satisfacción por haber realizado lo que su conciencia (libre de serviles prejuicios, pero enraizada en racionales juicios) le exige, alienta en su propio ser la ejemplaridad de la existencia. Y esto sucede a veces sin darnos cuenta (sólo posteriormente nos percatamos, reflexionamos), aunque se sufra tortura, represión, soledad, cárcel, aunque confisquen o roben nuestros objetos más valiosos, nos arrebaten el trabajo ganado a pulso o nos arranquen del lado de los seres más queridos.

Porque, por contra, también hay quien se queda estancado en la melodía seductora de la negación o el acomodamiento, quien se convierte en un arrepentido de la conciencia y reniega de sí mismo y del espíritu de la lucha existencial, social, política. Del lado de los represores y reaccionarios, abundan quienes gozan dañando la vida ajena, quienes se ensañan −en jaurías jerarquizadas y remuneradas dentro del ordenamiento legal− dañando o masacrando a personas y grupos que luchan con valentía y denuedo contra el oscurantismo neoliberal.

Así sucede en este mundo de principios del siglo XXI, desde Afganistán hasta Irak, desde Euskal Herria hasta el Sáhara, desde Colombia hasta Honduras, desde Argelia hasta Liberia, desde Turquía hasta Marruecos, desde Pakistán hasta Palestina…

Pues hay luchas tan antiguas como la existencia humana: el derecho a decidir por uno mismo, individual o colectivamente, el derecho a no claudicar ante los grilletes de la opresión, el derecho a conquistar la libertad mediante la perseverancia militante y la lucha. Quienes padecen persecución saben que ponerse en movimiento exige unos deberes: la entrega incondicional a una causa, la inspiración constante, el saberse parte de una reivindicación colectiva, la integración en el libre impulso de la vida en evolución.

Una gran parte de las acciones de la humanidad conlleva resultados baldíos o, lo que es peor, trae resultados perjudiciales. Y esto sucede a pesar de la noble intencionalidad del propósito. ¿Significa esto que debemos desistir de la acción, como la sentencia budista, el pensamiento débil de la postmodernidad, el catecismo ahistórico neocom, la evasión new age o la teoría del hedonismo perpetuo aconsejan? No hay camino avanzado sin error cometido, pues el aprendizaje ha de ser permanente. Sólo así nuestros actos pueden ser fértiles. La variedad es un atributo de la fertilidad. Ello implica la diferencia de formas, de contenidos, de manifestaciones, y por ende la posibilidad de encuentros y desencuentros.

La dialéctica vital nos muestra que tras el día viene la noche, tras la oscuridad refulge la luz, tras la represión se replantea la lucha. De modo complementario también la dialéctica concibe su concepción antagónica, como expresión del ardid reaccionario: travestido de enseñanza, la propaganda neoliberal nos invita a la inacción budista, al pasotismo del enredo alienante, a la adoración del becerro de oro consumista, al egocentrismo camuflado de religión universal, al divertimento insustancial en nombre de un presente sin raíces. El sistema teje la trampa por medio del monstruo conceptual de las mil cabezas: tergiversaciones cognitivas, dogmas académicos y judiciales, razzias a movimientos alternativos organizados, genocidios étnicos e intereses materiales.

Por ello el empeño liberador ha de ser (en lo posible) diáfano y constante, límpido y solidario. No es bueno caer en la antítesis negacionista: seamos felices, sí, pero con la conciencia por enseña.

No soy erudito, ni sabio, ni profeta, tan sólo un simple mortal que aprende de los errores cometidos y camina. Todo puede suceder. No sé en qué tiempo ni en qué lugar, pero estoy seguro de algo: vamos a vencer, venceremos. No se trata de una afirmación determinista, ni de una exploración de territorios metafísicos progresivos aún por descubrir, ni de una ebriedad de optimismo irracionalista. Nada de eso. Sólo se trata de una certeza existencial cuya conjugación enhebra la esencia profunda del ser humano, fértil espacio donde la poesía y el compromiso confluyen. El ser humano libre y consciente ha de triunfar, si quiere seguir existiendo.

Porque el destino no puede ser consecutivamente retrógrado, como la hipocresía y la crueldad. Sólo nos salva el amor, que implica correspondencia vital y significado pleno, como también conlleva lucha, constancia, sacrificio. El amor significa compartir cuando se está acompañado, y conquistar nuestro propio entendimiento y voluntad cuando la soledad nos traga (a sabiendas de que no estamos realmente solos; nunca estamos solos: formamos parte de la evolución consciente, pues la condición humana nos engendra y nos alienta). Y en esto el silencio nos trae la más pura de las músicas, que sólo la propia experiencia puede desvelar.

Juan Antonio Delgado Santana - soldecanarias

 
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