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¿Agricultura o golf?

Hace algunos días y comiendo delante de la caja tonta, escuché tan tamaña barbaridad a Vicente Martínez Pujalte; cuando le preguntaban sobre la negatividad de tantos campos de golf: “La agricultura consume mucha más agua que unos campos de golf”.

Así que debemos entender, según este político y diputado del PP, que a partir de ahora; en vez de comer verduras en ricas ensaladas o en buenos potajes, comenzaremos a seguir la dieta de bolas y palitos de golf. Lógicamente, este alimento menos nutritivo y atragantable deberemos de acogerlo con alegría y preferiblemente al anterior descrito, porque la agricultura es más perjudicial y nos agota el tan básico recurso acuífero.

¿De verdad creen que somos tan ingenuos e idiotas?

Cuando en los años sesenta, España se da cuenta del potencial turístico de nuestras islas, comienza desde la represión del gobierno, a utilizarse todo tipo de instrumentos opresores en contra de la ganadería y la agricultura.

Era la época en la que la enseñanza daba poca instrucción. Donde los maestros destinados a zonas rurales, recibían donaciones de los mejores cultivos mientras leían más el periódico que lo que enseñaban (siempre habían excepciones). De todas formas, los alumnos no entendían que importancia tenían las invasiones de los moros a España y la expulsión de ellos, más tarde, por los Reyes Católicos. Había que trabajar y esta enseñanza no era tan útil. Solamente el burguesillo, podía costearse el viaje a España y estudiar en buenos colegios y universidades religiosas (La Iglesia debía velar por el pobre, pero para una educación de calidad había que tener dinero, aún esto perdura).

Pero era la época en la que el jornal era escaso, a causa del trabajo en finca ajena. Aún así, en los huequitos libres se trabajaba el cachito de tierra familiar, y de ahí, se sacaban unos durillos, que junto a las dos o tres cabritas (que buena leche daban), el quesito, el gofio y unas pocas gallinas, la gente iba escapando.

Los valores eran otros. La palabra y un apretón de manos era más firme que un contrato o papel notarial. El aire era mucho más puro y respirable. Y el paisaje era todavía apetecible, donde la tierra agradecida fructificaba, compartiéndose naturaleza en simbiosis con la tranquilidad. En esa fértil tierra, se podía apreciar y admirar el horizonte, sin ver un esperpento de ladrillo, hormigón y cemento.

Pero la especulación de la construcción había puesto sus miras en Canarias. ¿Y quiénes iban a invertir para convertir la tierra fértil en losas de hormigón? Sólo el godo colonialista, una pequeña burguesía guiada por los primeros y mucho dinero foráneo o extranjero.

No,… el pobre del cachito de tierra y del bajo jornal no podía invertir en su lugar natal. Pero podía trabajar en la construcción o de freganchín. El cacique o patrón, vendía las tierras de cultivo para invertir en ese nuevo monocultivo de apartamentos y bungalows que le reportaba ganancias inmediatamente. De esta manera, el campo se desalojaba a favor de las urbes, hacinándose el canario en pisitos urbanos que necesitaban de todo el consumismo incongruente, que hasta hacía muy poco, no les había hecho falta para vivir medianamente tranquilos.

La inmigración goda aumentó, acomodándose en los mejores trabajos. Mientras,... la administración del Estado, va reclutando y completándose con godos (como siempre había sido, salvo raras excepciones), y hasta prácticamente el último funcionario que llegaba a Canarias, unos como regalo a su incompetencia en España, otros para progresar y subir escalafones para cargos más importantes, eran godos; regresando más tarde y mejor colocados, a su tierra.

Esto es lo que trajo un turismo incontrolado que debía completar cada hotel o habitáculo que se construía. Un turismo que compraba en los famosos indios, reduciendo el mercado de comercio a los canarios con menores recursos. Un turismo que generó un aumento de población, desarrollando más construcción y creando una falta de espacio físico y económico, a causa de los monopolios.

Esta es nuestra herencia, (muy resumida, desde luego) y las últimas noticias nos hablan de que Canarias tiene la cesta de la compra más cara (manteniendo los salarios más bajos). Normal,… tanta importación, cuando la clave está en la tierra, que es lo que genera riqueza a un pueblo. En el peor de los casos produce el autoabastecimiento, abaratando los productos que no tienen que pasar por aranceles aduaneros.

Escuché hace poco, que si existiera un conflicto o cualquier otra causa, que perjudicara la importación, o sea, el suministro de alimentos a las islas, tendríamos comida para ocho o nueve días.

¿Qué hacemos? ¿Fomentamos la agricultura y ganadería con políticas flexibles y ayudas claras y rápidas, distribuyendo y abaratando sin especular la escasa agua, compensando su labor con precios justos, subvencionando y reduciendo la fiscalidad, a este, cada vez más, escaso sector? ¿O, por el contrario, seguiremos desviando la mirada, como hasta ahora, hacia las grandes superficies de la alimentación, pensando que de ahí, siempre sale comida (aunque sea enlatada), y entre compra y compra, cada vez más encarecida; permitiremos que sigan especulando en recalificaciones de terrenos rústicos a urbanos, mientras nos jugamos esta herida tierra… a unas partiditas de golf?

(*) Pedro J. Brissón es Presidente de la Asociación Faita

Pedro J. Brissón - faita

 
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