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La degradación de los fondos marinos de Fuerteventura

He pasado unos días de vacaciones en Fuerteventura, isla que me atrae fuertemente, no sé si por mi antigua afición a la pesca y la abundancia de esta en sus costas o por la claridad y transparencia de sus aguas, que en zonas, como, entre otras, en Jandía, Corralejo, Majanichu, El Cotillo, islote de Lobos y El Río (Entre Lobos y las dunas de Corralejo), adquieren una amplia diversidad de tonos azules y verdes hasta llegar al turquesa.

Quizás sea por el encanto de sus amplísimos llanos o por sus solitarias montañas y pequeñas cordilleras, totalmente ausentes del manto de tierra vegetal que le permitan tornarse en verde cuando, raramente, llueve en esa isla. Son montañas calvas.

Sus llanuras me recuerdan la fuerte atracción que sobre sus habitantes y conocedores del desierto del Sáhara ejerce sobre ellos, sobre todo de su limpio firmamento, decorado con millones de lucecitas tintineantes, durante las hermosísimas noches de África.

Una vez hecha pública mi declaración de amor a Fuerteventura, he de describir lo que me parece un grave problema de degradación biológica de los fondos marinos en varios puntos de la su costa.

Conozco algunos fondos de Fuerteventura desde hace más de treinta años, y, como persona sensibilizada con en medio ambiente, he podido constatar en diferentes puntos de su costa y a lo largo de estos años, como ha ido disminuyendo la cantidad, variedad y tamaño de los peces que en sus fondos habitan.

Concretamente en El Cotillo, donde recuerdo que la primera vez que me sumergí en sus engañosas, por limpias y transparentes, aguas, (me sumergí a 25 m para recoger un cuchillo de pesca submarina que encontré en el fondo, cuando pensé que estaría a 10 o 15 metros de profundidad), la cantidad, tamaño y variedad de peces que allí habitaban era extraordinaria.

Recuerdo que cuando salté de la zodiac, lo primero que vi fueron cinco enormes meros y dos enormes corvinas, pues había acertado, por casualidad, a lanzarme al mar sobre una especie de cono volcánico submarino, habiéndose formado una cueva continua bajo en perímetro de
su cima, que servía de habitáculo a tan amplia fauna marina (a los meros, ya que las corvinas son más bien, peces pelágicos).

Los cardúmenes de viejas de hasta tres kilos de peso cada una, eran de treinta o cuarenta unidades, y tan dóciles se mostraban que casi podías acariciarlas con la mano. Y todo ello a un escaso metro de profundidad.

En quince o veinte años, he sido testigo de cómo fue desapareciendo toda esta rica fauna marina, hasta, prácticamente no quedar nada donde otrora los cardúmenes de viejas orillaban a su antojo.

Con ser esto grave, no es lo peor, pues en estas últimas observaciones del fondo marino, he comprobado con tremendo disgusto como, a unos treinta o cuarenta metros de la arena de una de la calitas de la playa de El Cotillo, el fondo rocoso perdía su manto de algas, principal alimento de muchas especies marinas, mostrando un aspecto totalmente desierto y blanca su coloración, invadido de erizos de largas y amenazantes púas, y de holoturias o pepinos de mar, especies estas de diferentes clases de equinodermos que, como los biólogos marinos saben, denotan una grave degradación del fondo marino, que, de no poner remedio, acabará, por ende, con toda la fauna existente en ella. De nada vale imponer moratorias, vedas y prohibiciones de pesca en zonas donde no se puede recuperar la fauna marina porque desaparece su principal alimento.

O se toma una decisión urgente de evaluación de los daños y del riesgo, de los mecanismos de defensa y ataque de esta plaga de erizos y holoturias, de su exterminación y del establecimiento de un mecanismo de supervisión periódica de esta plaga, o de lo contrario nos veremos privados de observar unos fondo marinos llenos de vida, de la riqueza que supone el mantener unos puestos de trabajo como son los que ocupan los pescadores profesionales, del divertimento y por tanto atractivo turístico que representa la pesca deportiva, y, por último, tendremos que reconocer que habremos perdido no sólo una batalla en una playa determinada, sino que, debido a que no pararía su expansión, acabaríamos perdiendo la guerra contra esta degradación de los fondos marinos de Fuerteventura

(*) Mafersa es el seudónimo de Manuel Fernández Sarmiento.
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