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Conclusión de LOS CONDENADOS DE LA TIERRA

Compañeros: hay que decidir desde ahora un cambio de ruta. La gran noche en que estuvimos sumergidos, hay que sacudirla y salir de ella. El nuevo día que ya se apunta debe encontrarnos firmes, alertas y resueltos.

Debemos olvidar los sueños, abandonar nuestras viejas creencias y nuestras amistades de antes. No perdamos el tiempo en estériles letanías o en mimetismos nauseabundos. Dejemos a esa Europa que no deja de hablar del hombre al mismo tiempo que lo asesina dondequiera que lo encuentra, en todas las esquinas de sus propias calles, en todos los rincones del mundo.

Hace siglos que Europa ha detenido el progreso de los demás hombres y los ha sometido a sus designios y a su gloria; hace siglos que, en nombre de una pretendida "aventura espiritual" ahoga a casi toda la humanidad. Véanla ahora oscilar entre la desintegración atómica y la desintegración espiritual.

Y sin embargo, en su interior, en el plano de las realizaciones puede decirse que ha triunfado en todo.

Europa ha asumido la dirección del mundo con ardor, con cinismo y con violencia. Y vean cómo se extiende y se multiplica la sombra de sus monumentos. Cada movimiento de Europa ha hecho estallar los límites del espacio y los del pensamiento. Europa ha rechazado toda humildad, toda modestia, pero también toda solicitud, toda ternura.

No se ha mostrado parsimoniosa sino con el hombre, mezquina, carnicera, homicida sino con el hombre.

Entonces, hermanos ¿cómo no comprender que tenemos algo mejor que hacer que seguir a esa Europa?

Esa Europa que nunca ha dejado de hablar del hombre, que nunca ha dejado de proclamar que sólo le preocupaba el hombre, ahora sabemos con qué sufrimientos ha pagado la humanidad cada una de las victorias de su espíritu.

Compañeros, el juego europeo ha terminado definitivamente, hay que encontrar otra cosa. Podemos hacer cualquier cosa ahora a condición de no imitar a Europa, a condición de no dejarnos obsesionar por el deseo de alcanzar a Europa.

Europa ha adquirido tal velocidad, loca y desordenada, que escapa ahora a todo conductor, a toda razón y va con un vértigo terrible hacia un abismo del que vale más alejarse lo más pronto posible.

Es verdad, sin embargo, que necesitamos un modelo, esquemas, ejemplos. Para muchos de nosotros, el modelo europeo es el más exaltante. Pero en las páginas anteriores hemos visto los chascos a que nos conducía esta imitación. Las realizaciones europeas, la técnica europea, el estilo europeo, deben dejar de tentarnos y de desequilibrarnos.

Cuando busco al hombre en la técnica y el estilo europeos, veo una sucesión de negaciones del hombre, una avalancha de asesinatos.

La condición humana, los proyectos del hombre, la colaboración entre los hombres en tareas que acrecienten la totalidad del hombre son problemas nuevos que exigen verdaderos inventos.

Decidamos no imitar a Europa y orientemos nuestros músculos y nuestros cerebros en una dirección nueva. Tratemos de inventar al hombre total que Europa ha sido incapaz de hacer triunfar.

Hace dos siglos, una antigua colonia europea decidió imitar a Europa. Lo logró hasta tal punto que los Estados Unidos de América se han convertido en un monstruo donde las taras, las enfermedades y la inhumanidad de Europa han alcanzado terribles dimensiones.

Compañeros: ¿No tenemos otra cosa que hacer sino crear una tercera Europa? Occidente ha querido ser una aventura del Espíritu. Y en nombre del Espíritu, del espíritu europeo por supuesto, Europa ha justificado sus crímenes y ha legitimado la esclavitud en la que mantiene a las cuatro quintas partes de la humanidad.

Sí, el espíritu europeo ha tenido singulares fundamentos. Toda la reflexión europea se ha desarrollado en sitios cada vez más desérticos, cada vez más escarpados. Así se adquirió la costumbre de encontrar allí cada vez menos al hombre.

Un diálogo permanente consigo mismo, un narcisismo cada vez más obsceno, no han dejado de preparar el terreno aun cuasidelirio, donde el trabajo cerebral se convierte en sufrimiento, donde las realidades no son ya las del hombre vivo, que trabaja y se fabrica a sí mismo, sino palabras, diversos conjuntos de palabras, las tensiones surgidas de los significados contenidos en las palabras. Ha habido europeos, sin embargo, que han invitado a los trabajadores europeos a romper ese narcisismo y a romper con ese irrealismo.
En general, los trabajadores europeos no han respondido a esas llamadas. Porque los trabajadores también se han creído partícipes en la aventura prodigiosa del Espíritu europeo.

Todos los elementos de una solución de los grandes problemas de la humanidad han existido, en distintos momentos, en el pensamiento de Europa. Pero los actos de los hombres europeos no han respondido a la misión que les correspondía y que consistía en pesar violentamente sobre esos elementos, en modificar su aspecto, su ser, en cambiarlos, en llevar, finalmente, el problema del hombre a un nivel incomparablemente superior.

Ahora asistimos a un estancamiento de Europa. Huyamos, compañeros, de ese movimiento inmóvil en que la dialéctica se ha transformado poco a poco en lógica del equilibrio. Hay que reformular el problema del hombre. Hay que reformular el problema de la realidad cerebral, de la masa cerebral de toda la humanidad cuyas conexiones hay que multiplicar, cuyas redes hay que diversificar y cuyos mensajes hay que rehumanizar.

Hermanos, tenemos demasiado trabajo para divertirnos con los juegos de retaguardia. Europa ha hecho lo que tenía que hacer y, en suma, lo ha hecho bien; dejemos de acusarla, pero digámosle firmemente que no debe seguir haciendo tanto ruido. Ya no tenemos que temerla, dejemos, pues, de envidiarla.

El tercer Mundo está ahora frente a Europa como una masa colosal cuyo proyecto debe ser tratar de resolver los problemas a los cuales esa Europa no ha sabido aportar soluciones.

Pero entonces no hay que hablar de rendimientos, de intensificación, de ritmo. No, no se trata de volver a la Naturaleza. Se trata concretamente de no llevar a los hombres por direcciones que los mutilen, de no imponer al cerebro ritmos que rápidamente lo menoscaba y lo perturban. Con el pretexto de alcanzar a Europa no hay que forzar al hombre, que arrancarlo de sí mismo, de su intimidad, no hay que quebrarlo, no hay que matarlo.

No, no queremos alcanzar a nadie. Pero queremos marchar constantemente, de noche y de día, en compañía del hombre, de todos los hombres. Se trata de no alargar la caravana porque entonces cada fila apenas percibe a la que la precede y los hombres que no se reconocen ya, se encuentran cada vez menos, se hablan cada vez menos.

Se trata, para el Tercer Mundo, de reiniciar una historia del hombre que tome en cuenta al mismo tiempo las tesis, algunas veces prodigiosas, sostenidas por Europa, pero también los crímenes de Europa, el más odioso de los cuales habrá sido, en el seno del hombre, el descuartizamiento patológico de sus funciones y la desintegración de su unidad; dentro del marco de una colectividad la ruptura, la estratificación, las tensiones sangrientas alimentadas por las clases; en la inmensa escala de la humanidad, por último, los odios raciales, la esclavitud, la explotación y, sobre todo, el genocidio no sangriento que representa la exclusión de mil quinientos millones de hombres [Las tres cuartas partes del total en el momento en que esto se escribe].

No rindamos, pues, compañeros, un tributo a Europa creando estados, instituciones y sociedades inspirados en ella.

La humanidad espera algo más de nosotros que esa imitación caricaturesca y en general obscena.

Si queremos transformar a África en una nueva Europa, a América en una nueva Europa, confiemos entonces a los europeos los destinos de nuestros países. Sabrán hacerlo mejor que los mejor dotados de nosotros.

Pero si queremos que la humanidad avance con audacia, si queremos elevarla a un nivel distinto del que ha impuesto Europa, entonces hay que inventar, hay que descubrir.

Si queremos responder a la esperanza de nuestros pueblos, no hay que fijarse sólo en Europa.

Además, si queremos responder a la esperanza en los europeos, no hay que reflejar una imagen, aun ideal, de sus sociedad y de su pensamiento, por los que sienten de cuando en cuando una inmensa náusea.

Por Europa, por nosotros mismos y por la humanidad, compañeros, hay que cambiar de piel, desarrollar un pensamiento nuevo, tratar de crear un hombre nuevo.


Los condenados de la tierra, Frantz Fanon, Fondo de Cultura Economica, México, 1983 (páginas 287 a 292).


Frantz Omar Fanon (julio 20, 1925 – Diciembre 6, 1961), médico y marxista, es uno de los mas prominentes pensadores del siglo XX en el tema de la descolonización y psicopatología de la colonización. Sus trabajos han inspirado movimientos de liberación anti-colonial hasta ahora.

Frantz Fanon nació en la isla caribeña de La Martinica, departamento de ultramar francés, en una familia con mezcla de antepasados africanos, tamiles y blancos. La familia, vivía una situación económica relativamente buena para los martinicos, pero lejos de la clase media.

Luego de que Francia cayó ante los nazis en 1940, la tropas navales de la Francia de Vichy fueron bloqueadas en La Martinica y se convirtieron en racistas de la peor especie, con muchos casos de agresiones sexuales. Los abusos a la población martinica causaron una gran influencia en Fanon, que tuvo que callar su alienación y disgusto por la realidad del colonialismo racista.

A la edad de 18 años, Fanon abandona la Isla y viaja a la República Dominicana, donde se suma a las Fuerzas de Liberación Francesa. Después se alista en la Armada Francesa, combatiendo en la batalla de Alsacia, y en 1944 recibe la medalla de la cruz de guerra.

Cuando los alemanes son derrotados y los aliados cruzan el Rhin hacia Alemania, el regimiento de Fanon es
blanqueado, y él y todos los soldados negros son concentrados en Touluse.

Estudió medicina y psiquiatría en Lyon, donde publicó, en 1952, su primer libro:
Piel negra, máscaras blancas. En éste es ya definitiva su posición contra el racismo y el colonialismo.

Al año siguiente fue enviado a trabajar en un hospital de Argelia, donde desempeñó el cargo de jefe del Departamento de Psiquiatría. Durante ese periodo estalló la guerra revolucionaria por la independencia de Argelia y Fanon tuvo que atender a pacientes, torturados y torturadores, que le narraron sus experiencias. Desde su hospital enviaba las ambulancias para dar atencion médica a los combatientes independentistas argelinos.

Como protesta a la violenta represión de las fuerzas coloniales francesas, renunció a su cargo en el hospital y se convirtió en el editor del periódico del Frente de Liberación Nacional (Front de Liberation Nationale) conocido como
El Moudjahid, que se publicaba en Túnez.

El impulso que le dio al periódico fue decisivo en la constitución de un discurso público para quienes enfrentaban día a día al régimen colonial. Los relatos de la época y de alguno de sus biógrafos rescatan de Fanon la labor cooperativa que desarrolló dentro del grupo de trabajo del periódico.

En 1956 fue un participante activo del Congreso de escritores negros en París, donde se reunieron todos los nombres importantes del movimiento de la negritud.

En 1958 asistió en Accra a la Conferencia de Pueblos Africanos. Sin embargo, éste fue sólo uno de los tantos congresos y reuniones a los que Fanon asistió en representación del Frente de Liberación Nacional Argelino. Su vida corrió serios riesgos en varias oportunidades, por ejemplo, en la frontera de Marruecos y Argelia, donde en 1959 escapó de la muerte al explotar una mina.

En ese mismo año publicó
L’an V de la Révolution Algérienne, conocido en español bajo el nombre de Sociología de una revolución.

En 1960, cuando el movimiento independentista estableció el Gobierno Provisional en el exterior, Frantz Fanon fue nombrado representante en Ghana, desde donde contribuyó a la red de abastecimiento del Ejército de Liberación. Fue allí donde enfermó de leucemia, hecho que lo urgió a escribir en diez meses su último libro,
Los condenados de la tierra. Murió en murió el 6 de diciembre de 1961 en Bethesda, Maryland (Washington, EEUU).

El libro Los condenados de la tierra fue un texto fundamental en la nueva concepcion de la inseparable necesidad entre independencia y socialismo.


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