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De mal en peor

[Los amigos de Noticias de Gipuzkoa me pidieron que les escribiera unas cuantas líneas reflexionando sobre el atentado de ayer en la T4 de Barajas. Les mandé este texto.]

Siempre he detestado la costumbre ególatra de esos comentaristas de prensa que se empeñan en ser los protagonistas de la noticia, o sea, y como se suele decir, el niño en el bautizo, el novio en la boda y el muerto en el entierro. Pero, con todas las reservas debidas y sin el menor deseo de pintar ni más ni menos que nadie, ayer, según oí la mala nueva, me resultó inevitable recordar que en ese lugar de la terminal 4 del aeropuerto de Barajas y a esa misma hora del día este servidor de ustedes suele estar todas las semanas. Para viajar a Bilbao.

De haberme encontrado ayer allí, cabe que hoy no estuviera conmovido por la noticia. Ni conmovido ni nada. Que no estuviera, sin más.

La consideración de lo cual, de todos modos, tampoco altera en nada los elementos de mi análisis. Porque, hubiera estallado la bomba donde hubieran tenido a mal colocarla, y hubieran sido las víctimas éstas, aquellas o las de más allá, mi reflexión habría sido la misma, a saber: qué mal, pero qué rematadamente mal lo habéis hecho.

Nadie vea en mi afirmación la menor voluntad de derivar las culpas. Cuando alguien dispara un tiro, o cuando coloca una bomba –o cuando aprieta el nudo de la soga de una horca, que de todo hay hoy en día–, el culpable es él. Si ETA fue la autora del atentado de ayer en Barajas, como parece, la responsabilidad de lo sucedido –las responsabilidades, en plural: desde las penales hasta las políticas– serán suyas. Pero no sólo.

Son patéticos.

Fue patético ver ayer a Arnaldo Otegi, anonadado –sinceramente anonadado, estoy seguro– afirmando que, según él, nada se ha acabado. Me dieron ganas de responderle: «¡Y tanto! Si, como muy bien nos has explicado todos los días y a todas horas, en realidad el proceso nunca ha arrancado, ¿cómo podría detenerse? Por definición, lo que no tiene inicio no puede tener término».

Más lástima todavía me produjo –ayer se me evaporó por completo el sentido del humor: de lo contrario lo mismo me entra la risa– el presidente del Gobierno español, Rodríguez Zapatero, diciendo que ha ordenado interrumpir todas las iniciativas relacionadas con el proceso de paz. A ése prefiero no encontrármelo cara a cara en los próximos meses, porque supongo que me sería inevitable cogerlo por las solapas de su impecable traje de Armani y espetarle: «Pero ¿cómo vas a suspender lo que no has hecho? ¿Cómo vas a interrumpir la perfecta pasividad en la que has estado desde el pasado marzo? Pero, si llevas meses presumiendo de no haber movido ni un dedo, ¿qué mano vas a mover ahora hacia atrás?»

Comparto el sentimiento, aunque no el pensamiento, con los que se apresuraron a declarar –los socios del Gobierno de Vitoria y demás almas voluntariosas y cándidas, Llamazares y ERC incluidos– que se niegan a aceptar que el proceso haya terminado.

Amigas, amigos, compañeros: venga, dejémonos de ensoñaciones y pisemos tierra. Una tregua se caracteriza porque no hay hostilidades. Si hay hostilidades, no hay tregua. Es así de sencillo. Así de penoso, pero así de sencillo. Estamos igual que antes de marzo de 2006, pero peor, porque nada retorna al pasado sin pagar su peaje de decepciones y amarguras.

Aquí hay demasiada gente que se ha pasado de lista.

Se han pasado de listos, y mucho, los estrategas de la izquierda abertzale que daban por hecho que el PSOE, con tal de apuntarse el tanto de la paz y sus inevitables réditos electorales, acabarían por hacer concesiones políticas de importancia que permitieran vestir el muñeco del abandono de las armas y convertirlo en un triunfo póstumo.

Pero se ha equivocado aún más, demostrando su estupidez casi histórica, apoteósica, ese mediocre al que los españoles han puesto al frente de su Gobierno, ese personajillo que creyó que todo estaba tan maduro que lo único que le hacía falta era sentarse en el portón de su casa y esperar a que pasara por delante el cadáver del enemigo. Se pensó que no tenía por qué hacer nada, que le bastaba con mirar con sus límpidos ojos azules de miope a la cámara de televisión para que le lloviera el maná, con los votos parlamentarios de los supuestos disidentes vascos y catalanes en plan de claque operística.

Ayer por la mañana, un amigo irundarra, excelente observador del panorama político vasco, español e internacional, me dijo, a la vez entristecido y socarrón: «En todas las partes del mundo hay imbéciles. En todas partes hay cenutrios como los de Batasuna. Bobos solemnes como los del PSOE. Envenenados de mala fe como los del PP. Sosos bienintencionados pero carentes de ideas como los del tripartito del Gobierno vasco. Pero, ¿por qué nos han tocado a nosotros todos ellos a la vez?»

A lo que yo le respondí: «Estarás de acuerdo en que esto que está sucediendo ahora mismo algunos lo habíamos anunciado muchas veces. Pero, qué más da. Los lúcidos tenemos casi tan mala prensa como los altruistas. ¿Has visto tú alguna vez un monumento a Casandra?»

Pero, puestos a vaticinar, me arriesgo a hacer otro vaticinio: dentro de no demasiado, volveremos a hablar del proceso de paz. En términos no demasiados distintos a los actuales.

Pero desde ahora mismo le hago ya un aviso a ETA: cuanto más tarde en llegarse a la paz (a la paz formal, ya sé), en tantos peores términos llegará para Euskadi.


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