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Hacia la desglobalización

BAJO LA LUPA


¿Nos encaminamos a una "nueva fase del capitalismo" y su proverbial maleabilidad?



El incomensurable historiador británico Eric Hobsbawm advierte que el capitalismo pudo reponerse después de su fuerte tropiezo en el siglo XIX, como consecuencia del desplome de la bolsa de valores de Viena en 1873 y la Gran Depresión que duró a partir de entonces 23 años hasta 1896.

A diferencia del ocaso del siglo XX y el alba del XXI, que asentaron los reales del mundo unipolar, como resultado de la disolución de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, lo cual sepultó al mundo bipolar nuclear, el siglo XIX fue eminentemente multipolar en su dimensión europea durante una centuria, como dejó asentado el Congreso de Viena del mundo posnapoléonico hasta la detonación de la Primera Guerra Mundial.

La derrota militar de la dupla anglosajona en Irak desencadenó cuatro efectos trascendentales contrarios a sus objetivos buscados expresamente y que subsumen la azorante y vertiginosa decadencia de Estados Unidos: 1. no pudo capturar el "oro negro" de la antigua Mesopotamia, lo cual encumbró su cotización y, como corolario, aceleró la devaluación del dólar, mientras desnudaba la amarga realidad de la vulnerabilidad de su economía; 2. no pudo imponer su "nuevo orden unipolar" mediante el unilateralismo y la guerra preventiva, lo cual ocasionó el nacimiento del nuevo orden multipolar (todavía en pañales); 3. no pudo contener a China, que emergió como nueva potencia geoeconómica y geofinanciera global, además de que, desde el punto de vista geopolítico, orilló a la profundización de la alianza militar de China con Rusia en el Pacto de Shanghai, y 4. aceleró el proceso de desglobalización, en detrimento de la globalización financiera: el feudo inexpugnable de la dupla anglosajona.

Se trata más bien del "fin de una era", el punto de inflexión del breve periodo unipolar, que detectan los radares de la sindéresis desde Moscú hasta Davos (sede del cada vez más deprimente foro mundial de las elites empresariales de la globalización alicaída) y que se trasluce mediante el abordaje del fecundo análisis multidimensional que utiliza las herramientas geoeconómicas, geofinancieras, geoenergéticas y geopolíticas.

Mientras Davos sucumbe en la esquizofrenia (BAJO LA LUPA, 7-02-07), el nuevo orden pentapolar, según la flamante cosmogonía de los estrategas rusos, exhibe claroscuros de orden y desorden que caracterizan a las fases de transición de los "sistemas complejos": sus "fractales" (zonas de orden en medio del desorden) son oscuros, mientras son más claras las "amenazas" que "han cambiado a velocidad caleidoscópica", según las apreciaciones del canciller ruso, Sergei Lavrov.

Los poseídos por la globalización, otro fundamentalismo financiero en la larga historia de las sicosis colectivas del género humano, se encuentran en estado de choque ante la perturbadora nueva realidad que desquicia su endeble salud mental, como el suizo Klaus Schwab, fundador del Foro Económico Mundial de Davos, quien confesó que los globalizadores "se enfrentan a un mundo esquizofrénico. Mucho más complejo y cada vez más difícil a entender" (Le Monde, 20-01-07). Parodiando a Jean-Paul Sartre, "la esquizofrenia son los otros, no nosotros", pareciera ser la muy poco convincente exculpación de los poseídos neoliberales globales.

Si aplicamos la teoría de "sistemas complejos" del premio Nobel de Química ruso-belga Ilya Prigogine a la caótica situación presente, quizá nos encontremos ante una clásica "bifurcación" del sistema inoperante cuando desaparecen las previas certezas para dar pie a nuevas incertidumbres.

Ante la "bifurcación" del presente se insinúan tres escenarios posibles como consecuencia del teorema de la desglobalización: 1. la globalización suave y reformada; 2. la regionalización con economía mixta y mayor regulación, y 3. socialismo del siglo XXI y/o neorrenacentismo humanista: el ser humano en el centro de los intercambios en lugar del mercado.

En esta fase nada gloriosa del mundo hipermaterialista y bursatilizado, pese a todo el prodigioso cúmulo tecnológico, el tercer escenario, de corte idealista, pudiera parecer utópico, y causará las más acerbas críticas, que la descalificarán desde descabellada hasta anacrónica. Que algunos soñadores lo citen en este mare mágnum financierista y consiga perturbar la tiranía de los multimedia globales, constituye una hazaña mental y tiene en su favor teórico que desplaza a la entelequia del "mercado" por el ser humano: la constante invariable de la nueva ecuación de salvación y redención de la nueva centuria. El "socialismo del siglo XXI", que está siendo experimentado en forma incierta en Sudamérica, el otrora patio trasero de Estados Unidos a partir de su autoproclamado "destino manifiesto" decimonónico, sufrirá las peores críticas de la banca israelí-anglosajona. Las liberaciones financieras suelen ser muy costosas.

Desde nuestra perspectiva, el crepúsculo de la globalización que entró al proceso de desglobalización (BAJO LA LUPA, 31-01-07; 4 y 7-02-07) tenderá hacia el segundo escenario (regionalización con economía mixta y mayor regulación) repleto de claroscuros y conectado laxamente en esta fase de transición con el primer escenario (globalización suave y reformada), que encumbra al mercado por encima del ser humano, pero mucho más estrechamente vinculado al tercer escenario (socialismo del siglo XXI y/o neorrenacentismo humanista) que asciende y trasciende al ser humano por encima del mercado.

En los tres escenarios, de menor a mayor grado, regresa el ser humano al proscenio del mundo.

Tras haber coqueteado con la perdición de las almas y la extinción ambiental, son tiempos de reconstrucción y de erección de nuevas instituciones donde reinen las tres letras B de la salvación y la redención: biodiversidad, bioética y biosfera.

La biodiversidad de todas las especies vivientes de la creación es generadora de la vida en el planeta y debe reflejarse como su corolario de expresión plural y multicultural en la actividad ideológica, en la coexistencia comunitaria, la reverencia multirracial y el diálogo de las civilizaciones.

La bioética representa el puente conceptual entre tecnología y humanismo. La ciencia sin conciencia es nesciencia. La tecnología sin humanismo es la barbarie de Hiroshima y Nagasaki; la tecnología con humanismo constituye la odisea en el espacio, la hazaña del genoma humano, la conservación del ambiente, la preservación de los códigos genético y de Hammurabi, y nuestra escalera hacia el futuro.

Es imperativo rescatar al género humano secuestrado por sus peores enemigos, pero también urge detectar los fractales los espacios de orden en medio del desorden de la civilización humanista, válgase la tautología, para reorganizar al mundo y sus moradores en forma más armónica y equilibrada con un sentido de preservación de la biosfera, el concepto vanguardista del genial geoquímico ucraniano Vladimir Vernadsky: el hábitat de todo ser viviente de la creación, donde dañar en el corto plazo una de sus partes equivale a un suicidio en el mediano plazo.


(Fuente: La Jornada)
Alfredo Jalife-Rahme

 
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