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Respuesta a la catedrática Llarena

Obedeciendo a su manifiesta superioridad intelectual responde la catedrática Llarena a mi escrito del jueves dieciocho en este mismo medio: ni una sola razón que ampare su simple (eso sí) línea de hace casi dos años. Quiere la profesora que el tiempo, como si de una ley de punto y final se tratara, otorgue impunidad a su aseveración, ese es un argumento, el otro es que el poeta Silva merece un homenaje; pues invítelo usted a un almuerzo y no lo ensalce a mi costa y con juicios poco certeros.

En su pueril y cerril réplica lo único que hace usted es precisamente aquello de lo que se defiende: dice no juzgar a las personas por sus títulos académicos, pero me cree incapaz de aportar algo a esos licenciados a los que supuestamente doy clases (por cierto, dígame usted dónde las doy porque me gustaría cobrarlas). Se dedica usted a ejercer una suerte de cutre arqueología de la calumnia por mis modestos datos bio-bibliográficos, buscando presentarme como un mentiroso que presume de lo que no es, cosa que a los que me conocen les consta que es ridículo. De Literatura ni una línea, aunque sea simple.

Doy por hecho que su posición académica no se la ha regalado nadie, y no dudo de su centenar de artículos y de lo sesudo de sus ensayos (por cierto, yo nunca me he presentado como ensayista), pero imagino que por ello le pagan ¿o no? ¿Lo hace usted de manera altruista en beneficio del tesoro patrio del idioma? Yo, efectivamente, no estoy a su misma altura “profesional”, ni quiero estarlo. Poco me importa que escriba mucho o escriba poco; bien sé que la calidad de una obra no tiene que ver con la abundancia de páginas. La historia de la Literatura está llena de autores de un solo libro, de un relato, de un puñado de poemas sin los que no se concibe esa Historia. Me alegré en su día de su premio y hablé bien de su libro, pero entienda usted que mis gustos literarios son ahora más exigentes.

Debo decirle también que nunca me he presentado como filólogo (no soy culpable de que otros lo presupongan) y sí, yo entré a punta de pistola en una universidad holandesa y les obligué a que me escucharan hablar de Neruda; por cierto, si quiere usted conocer mejor al autor de El tango del viudo puede asistir a mis clases, acepto catedráticas. También reconozco que al incluir en mi libro cio fértilas de otros libros hundí a varias editoriales que aún están en litigio por los derechos.

Para finalizar, y como primera aproximación teórica en nuestra recién comenzada relación maestro-pupila (esa palabra que tanto le gusta), debo decirle que la Poesía no es, como dice usted al final de su artículo, “la casa del espíritu, de la mesura y la humildad”; esos son, quizás, los preceptos de un convento cartujo; la Poesía es justamente lo contrario, absoluta y maravillosa desmesura, profesora.

Pedro Flores

 
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