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El Puerto Deportivo de Tacoronte o cómo vender humo a la ciudadanía

Los acantilados de la Costa de Acentejo, testigos silenciosos del devenir de una parte del norte de Tenerife, contemplan a diario, apaciguadamente, cómo la brisa marina de ese Atlántico inmenso e implacable impregna su ser, del que se nutre y, como por arte de magia, crea vida, que se adapta a su pétreo cuerpo, transformando la nada en una lucha continua entre los poderes naturales.

El guanche supo apreciar el sentimiento de inmensidad que emanaba de las rocas, y le hizo merecedor de su descanso eterno, en atardeceres cálidos y apacibles.

Observadores de la inmensidad marina, acogedores de vida, siguen en pie defendiendo la fértil tierra que se encuentra a sus espaldas, desconociendo las maquinaciones y la condena que sobre ellos pesa...

La misma costa que baña sus pies será devorada por monstruos mecánicos, que descenderán desde lo alto para transformar por completo el litoral.

Su amenaza es, en este caso, la fiebre de los puertos, la divina panacea, el norte navegable... La garra especulativa en su estado más puro y en comunión con la ceguera temporal y parcial de las administraciones.

Aparece entonces la figura oscura del empresario de turno, que gracias a sus hilos políticos logra el oscurantismo perfecto para la fragua de sus maquinaciones, de sus eructos mentales, que provocan que al ciudadano isleño le pasen inadvertidas gran parte de las decisiones que se llevan a cabo en los altos estamentos de las administraciones insulares. Este isleño, pintorescamente calificado como aplatanado, ve cómo se cometen continuos atropellos ante sus narices, bajo la falsa excusa del bien común y el progreso, y parece asistir, con total pasividad, al expolio, al pirateo más descarado, que transforma de manera radical la realidad del entorno.

La Playa de La Arena, zona de baño por excelencia de Tacoronte y de una parte del norte de la isla de Tenerife, acoge a cualquier persona dispuesta a disfrutar de un buen día de playa, o invita al ejercicio por su paseo y por la Playa del Camello, donde el Castillete de la familia Domínguez hace recuento diario de las personas que hasta allí se acercan, con el objetivo de caminar, de disfrutar del silencio, de pescar, de correr, de bucear... De pasar un rato de descanso sintiendo la brisa del mar en los pulmones y en el rostro.

Por el contrario, el Parque Marítimo Guayonge, a cambio de una suculenta concesión administrativa, ofrecerá al paseante un espigón de la altura de dos pisos que frenará el embate de las olas y resguardará a los barcos de recreo que allí se encuentren amarrados, junto a la auténtica urbanización en el mar que se pretende construir en el Paisaje Protegido de Costa de Acentejo, y con conexión a la zona superior del acantilado, donde ya comienzan a proyectarse y construir nuevas urbanizaciones de lujo individual, que no respetan ya ni los mismos límites protegidos por la propia administración, que a su vez parece estar haciendo la vista gorda ante tales atropellos sociales, naturales y paisajísticos, y que sin lugar a dudas, van en total detrimento no sólo de la mayoría de los isleñ@s sino del turismo que acude a Canarias; un turismo de creciente rancio abolengo, de tardes de hamacas y despendole nocturno que, lamentablemente, se halla en aumento gracias a las políticas turísticas que nosotros, los canarios, permitimos con nuestra pasividad y desentendimiento, cansados de escuchar que el turismo es nuestro modelo económico.

Tamaña obra magna en la costa tacorontera contendrá en torno a 500 atraques, miles de metros de planta alojativa, plazas de aparcamiento, restaurante, cafetería, un balneario, provisión de combustible a los barcos, una carretera de tráfico rodado anexa al paseo de la playa de La Arena por la que tanta gente pasea a diario y un túnel subterráneo que conecta con una zona a urbanizar, y que alegan, evitará dañar de manera visible un entorno protegido por ley. Leyes que a su vez permiten que proyectos que van totalmente en contra de lo jurídico, sean incluso tramitados en las administraciones y publicados en los BBOO correspondientes. ¿¿Pero acaso supone esto problema alguno para la “cacicada” canaria?? Cuando la ciudadanía reaccione, y aunque nuestros dirigentes soñaran desde hace ya tiempo con sus yates en una de las pocas zonas vírgenes en toda la costa norte de la isla, el paternal dirigente D. Ricardo Melchior saldrá al paso argumentando que tal proyecto nació muerto, el ayuntamiento de Tacoronte, tiempo atrás babeando cual can ante un suculento hueso ofrecido por su amo de la doble C, decidirá esconder su rabo entre las patas, agachar la cabeza y lamentarse en silencio de la oportunidad perdida, pero perro viejo, con sabiduría, ya sabe de antemano que pronto se acerca el baño electoral, y no quiere que el jabón antipulgas le entre demasiado en los ojos... De auténtica vergüenza...

La belleza del paisaje que ofrece la costa de Tacoronte, desde donde se aprecia todo el litoral norteño de la isla de Tenerife, será bloqueada por el sólido gris-cemento, que ofrecerá el disfrute que unos pocos esperaban y arrebatará al transeúnte, al caminante, al turista, al ciudadano de a pie, la singularidad de la zona y la tranquilidad de la que hasta ahora ha disfrutado, pero que en compensación, transformará el largamente olvidado castillete de la familia del artista tinerfeño Óscar Domínguez en una paradójica Escuela de la Naturaleza, tal vez para mostrar lo bello del lugar y recordar lo que tuvimos y quisimos perder, a través de esos libros de antología fotográfica de los que tanto gusta publicar la administración canaria para “hacer país”.

La paz del lugar, la panorámica única, la biodiversidad del litoral, la limpieza de sus aguas serán completamente destrozadas debido a los intereses personales de unos pocos avispados que en añadidura venden humo a la ciudadanía, el oro y el moro, con falsas excusas de progreso, innumerables pero precarios puestos de trabajo apoyados por la UGT y el supuesto disfrute “público” de una zona de élite; ciudadanía ésta que parece no darse cuenta de la envergadura de un proyecto que llevaba fraguándose largo tiempo y del cual nunca se informó hasta su publicación en el BOC con los consiguientes 30 días para alegaciones, reduciendo así la difusión informativa de todo el potaje que se andaba preparando en la cocina administrativa canaria, la cual se vale del desconocimiento burocrático y administrativo de la inmensa mayoría de la población, cuyo sentido común les conduce a oponerse a este tipo de proyectos y otros muchos, pero quienes a su vez no disponen de la formación administrativa, técnica y legal suficiente como para, formalmente y vía escrita, oponerse a ellos, pues requieren un conocimiento profundo de los mismos, pero cuya rectitud ética, moral, social y natural van mucho más allá de lo que cualquier empresario de la construcción y político asociado puedan llegar a aspirar nunca.

Una auténtica vergüenza, un ataque a la integridad del tacorontero, a la integridad del/la ciudadan@, desinformad@, manipulad@, que observa, maniatado, cómo desde lo alto de los acantilados de Acentejo el promotor de turno frota sus manos mientras el símbolo del dólar gira imparable en sus ojos ante la visión de tamaño pastel con el cual debieran mejor atragantarse.

Adal González

 
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