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AHORA EL PUEBLO. El tiempo pasa. Los ideales revolucionarios... No. (1ª parte)

"El tiempo pasa/ nos vamos volviendo viejos..." cantaba el magnífico cantautor y representante de la Nueva Trova Cubana, Pablo Milanés. Tal vez tenga razón el cantautor aunque ahora, yo, que ya no soy un jovencito, me permito dudarlo después de asistir hace unos días a la presentación de candidatos de UNIDAD DEL PUEBLO en el Auditorio Alfredo Kraus. Me explico.

Un servidor, que ya viste canas añejas de tiempo, luchas y dolor, en ese acto del Auditorio se volvió a encontrar con un chiquillo de 14 años que a principio de los años setenta se hacía muchas preguntas sin obtener ninguna respuesta. En esa época la gente esquivaba la mirada; la sordera y la mudez eran enfermedades generalizadas excepto para escuchar a Manolo Escobar o hablar del Real Madrid. Pero ese chiquillo seguía preguntando y demandando respuestas ante la situación social de algo que se llamaba España. Silencio, siempre silencio; "niño, eso no se dice,eso no se hace/ deja ya de joder con la pelota..."

Este niño se enteró, no recuerdo cómo, de que había otros niños en sus mismas circunstancias, niños preguntones, niños silenciados y comenzó a charlar con ellos y montaron una clandestina organización con el paraguas de algunos curas preguntones. Comenzaron a analizar todos los niños, curiosos por saber, la situación de los aprendices, la persecución de los estudiantes, las muertes por "disparos al aire" de obreros que reclamaban salarios dignos y jornadas de trabajo más humanas. Y comenzaron estos niños a comprender porqué las cárceles estaban llenas de trabajadores, estudiantes, campesinos, intelectuales y curas inquietos.

Este chiquillo de 14 años decidió, entonces, que no era normal lo que sucedía (no era normal tanto silencio y tanta sordera y tanta gente en la cárcel). Había que hacer algo...

Y lo hizo. Se llenó de ilusión, de ideas humanitarias, de afanes de libertad, de lecturas prohibidas por el "Gran Hermano"; se vistió de una valentía que temblaba de miedo y aprendió a caminar por las calles siempre mirando a sus espaldas. Con otros compañeros comenzó a estudiar las obras de un tal Marx, Engels y Lenin y cual predicador "evangelista" aprendió a perder poquito a poco el miedo y a comenzar a hablar sobre esa nueva cultura social. El chiquillo alternaba la teoría con la práctica inflamado de su pasión revolucionaria por querer transformar ese mundo injusto que contemplaba en cada lucha universitaria, en cada pie de obra, en cada taller de metalurgia, en cada planta agrícola.

Pronto se dio cuenta de que el ojo del "Gran Hermano" no le quitaba la vista de encima y que con garras de león ese ojo buscaba darle el zarpazo para alimentar las prisiones donde se hacinaban tantos preguntones. El niño no se arredró pero extremó la vigilancia sin dejar de mantener intacta la ilusión revolucionaria. Saltos en las calles (comandos), pintadas en las paredes, tirada de octavillas confeccionadas con las famosas vietnamitas, compañeros de vigilancia, puntos de seguridad, carreras vertiginosas huyendo de los "disparos al aire", cócteles molotov a los pies de los caballos que cabalgaban los sicarios del "Gran Hermano"... hasta que llegó el día de ellos, de los sicarios. El chiquillo ya estaba tan ilusionado y convencido de lo justo de esa lucha que ya ni reparaba en su propia seguridad. Con 17 años le llegó el zarpazo. Registro y destrozo del domicilio paterno, tragedia familiar, el niño se encuentra en busca y captura durante tres días, vigilancia continua del domicilio hasta que unos señores de verde le dieron el alto. Un hermano agarrado por los sicarios unos días antes, un hermano ensangrentado y la cara inflamada como la Jesús Gil (pero en este caso, a golpes) más golpes, bofetadas, preguntas, más golpes, más preguntas, más bofetadas; fotografías de compañeros para que los denunciaras, papeles en blanco para firmar; el chiquillo se niega y siguen más golpes, más preguntas, más bofetadas... Seis años de prisión para el hermano ensangrentado, días de tortura e incomunicación para el chiquillo. Los calabozos tétricos donde estuvo el chiquillo y su hermano ahora albergan a una importante sede de una Comunidad autónoma aunque las paredes de sus sótanos aún rezumen sangre, la sangre de los torturados, la sangre de los que luchaban por la libertad y en contra de la dictadura franquista... seguro que los que ahora mandan en esa "escuela de la indignidad" ni siquiera conocen su historia... el chiquillo, sí.

El chiquillo, ahora con 17 años, se encuentra en una carretera, esposado, acompañado de unos señores vestidos de verde, con tricornio y otros señores de paisano que en un Land Rover lo conducen a una sala de torturas. El niño, el chiquillo, pierde la noción del tiempo, del día y de la noche, del sueño y la vigilia. Te manchan los dedos con tinta indeleble; te sacan fotos de frente y de perfil y pasas a formar parte de la historia de un país sumido en la sordera y en el enmudecimiento. Desnudan al chiquillo y le hacen hacer flexiones entre risotadas obscenas; le quitan las pocas pesetas que lleva encima, el cinturón, el cordón de los zapatos, el tabaco, el mechero, el reloj... pero no le quitan la rabia ni el compromiso con la lucha revolucionaria por muchos gritos de dolor que se escuchan en esas tétricas celdas de dos metros cuadrados. Celdas vestidas con una colchoneta de plástico ensangrentado y una manta llena de chinches. No permiten dormir al chiquillo; siempre una potente luz ciega sus ojos y cada treinta minutos los sicarios del "Gran Hermano" golpean las puertas de la celda con sus porras. Siempre piden lo mismo: nombre y apellidos. El chiquillo teme que abran la puerta y lo saquen de la celda...

Continuará...

Agustín Mora

 
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